Los organismos disponen de diversos mecanismos para distinguirse unos de otros.
En el mundo vegetal, hay plantas que se revisten de cubiertas que les defienden de invasores extraños al tiempo que definen sus límites externos. En el mundo animal, el cuerpo humano, entre otros organismos, ha desarrollado uno de los más elaborados mecanismos de diferenciación entre los invasores y el propio cuerpo: las funciones propias del sistema inmunológico o inmunitario. Las células de este sistema han de aprender a tolerar cada tejido, cada célula, cada proteína incluso, del organismo, sin dejar de repeler por ello a los agresores externos.
Si investigamos en los archivos de la historia, es fácil encontrar nombres de genios creadores como Franz Schubert, Elizabeth Barrert, John Keats... cuya trágica muerte prematura sucedió por enfermedades infecciosas que hoy se habrían curado o prevenido. El progreso que ha existido en el tratamiento de estas enfermedades es, sin duda, uno de los logros de la ciencia moderna. Se ha erradicado la viruela. La poliomielitis y el sarampión se han convertido en un mal recuerdo del pasado. Hasta la aparición de la pandemia del sida, los países industrializados no consideraban las enfermedades infecciosas como problemas importantes.
Este gran progreso de la salud pública justificaría por sí solo los esfuerzos hechos en la investigación del sistema inmune. Pero la inmunología no sólo estudia la naturaleza de las infecciones y su prevención; aborda nuevos enfoques para el tratamiento del cáncer y las enfermedades causadas por una mala o deficiente respuesta inmunitaria, y da la base científica para el examen de la organización química de los seres vivos y para la integración de los conocimientos así obtenidos en un cuadro del funcionamiento del cuerpo como un todo.
Aunque la mayoría de los microorganismos tienen vida libre y son indiferentes para los demás seres vivos, otros, por el contrario, establecen relaciones con el resto de los organismos en las que éstos pueden salir perjudicados. Entre estas relaciones destaca el parasitismo.. Debido a esta circunstancia, los seres vivos, principalmente los animales, responden al efecto nocivo de dichos microorganismos creando barreras de defensa para impedir su penetración. La entrada de éstos en el interior de un organismo se denomina infección. La virulencia de un microorganismo patógeno es la capacidad de producir trastornos en el organismo invadido. Los patógenos destruyen directamente las células que parasitan o las envenenan con las toxinas que liberan. En los vertebrados hay tres barreras defensivas. La primera es de naturaleza mecánica y está constituida por la piel y las mucosas, la segunda es de tipo celular y está formada por los fagocitos. La tercera es de naturaleza química, siendo protagonistas de la defensa, los anticuerpos.
Si analizamos detenidamente estas barreras, destacaremos el papel que juega la piel como primera defensa en el organismo.
En los mamíferos presenta dos capas: la dermis y la epidermis. Ésta última está formada por diversos estratos celulares, de los cuales los más externos tienden a queratinizarse, aplanándose sus células, que acaban desprendiéndose en conjuntos en forma de escamas. La descamación y el grosor de la piel son barreras prácticamente infranqueables para los microorganismos. No obstante, esta barrera externa puede ser traspasada fácilmente por éstos cuando se lesiona.
En las aberturas naturales de la piel, entre ellas la boca, fosas nasales, ano... la defensa contra los patógenos la constituye la capa de secreción mucosa que las recubre. La saliva de la boca, la enzima lacrimal lisozima y los jugos gástricos tienen una importante acción bactericida y forman parte de esta primera barrera defensiva.
Los glóbulos blancos denominados neutrófilos, serán muy abundantes en la sangre y fagocitarán microorganismos o cualquier otra sustancia extraña gracias a su movimiento ameboide y a la presencia en ellos de abundantes lisosomas entre sus gránulos citoplasmáticos.
Los leucocitos (glóbulos blancos) están implicados en el desarrollo de la segunda barrera defensiva.
Además de los micrófagos (neutrófilos), podemos decir que los monocitos también fagocitarán, (aún más que los neutrófilos),de ahí que sean denominados como macrófagos. Los linfocitos también presentarán acción fagocitaria, ya que pueden salir de los vasos sanguíneos y convertirse en los mantenedores del orden de los tejidos del animal.
El conjunto de células fagocitarias de los tejidos y de la sangre recibe el nombre de sistema retículo-endotelial.
Para facilitar la correcta actuación de la segunda barrera defensiva, el animal dispone de otro mecanismo: la vasodilatación de los vasos sanguíneos de la zona lesionada. Este hecho origina una masiva afluencia de células fagocitarias a dicho lugar para contrarrestar la infección microbiana.
En el núcleo de la infección podemos localizar un gran cúmulo de restos celulares, sobre todo macrófagos, que compondrán el pus.
La fiebre que acompaña, en ocasiones, al proceso infeccioso se debe a un aumento de la producción de calor por el organismo. Las células fagocitarias liberan sustancias que por vía sanguínea, estimulan en el hipotálamo el centro regulador de la temperatura corporal.
Al aumentar ésta, se favorece la movilidad de los glóbulos blancos, al tiempo que se dificulta el desarrollo de patógenos.
Si el mecanismo defensivo de la segunda barrera es insuficiente para detener la invasión microbiana, se pone en marcha la tercera: las células del sistema inmunológico. Tipos especiales de linfocitos (T y B), capaces de reconocer a los agresores y de elaborar una respuesta química contra ellos: los anticuerpos. Este mecanismo defensivo es específico. Un determinado anticuerpo actúa sobre una clase determinada de microorganismos o sustancias extrañas que recibe el nombre de antígenos particulares o solubles, respectivamente.
El término inmunidad deriva de la palabra latina ”immunitas” que significa estar libre de cargo, o sea, ser invulnerable a determinada enfermedad infecciosa.
Actualmente, este término engloba a otros fenómenos, como son los de autoinmunización, rechazo de órganos transplantados, etc .....
Decimos que un organismo es inmune a un determinado antígeno cuando es capaz de anularlo o desactivarlo sin presentar reacción patológica.
Una característica de la inmunidad es la memoria inmunológica, ya que perdura en el animal un cierto tiempo, que puede ir de unos días a toda la vida de éste.
Esta memoria se pone de manifiesto en la respuesta secundaria frente a un antígeno concreto y se debe a la persistencia de determinados linfocitos T y B, los linfocitos con memoria, fabricados después del primer contacto con dicho antígeno.
Loa animales pueden adquirir inmunidad mediante mecanismos naturales o artificiales. En cada uno de estos dos casos la inmunidad puede ser activa o pasiva.
Hablamos de inmunidad natural activa cuando son los propios mecanismos inmunológicos del animal los que funcionan para formar anticuerpos específicos. Éstos se ponen en marcha siempre que los microorganismos o cualquier cuerpo extraño penetran en el animal. Como los anticuerpos formados perduran cierto tiempo en el individuo que logra superar la infección, éste permanecerá inmunizado contra ella durante dicho período de tiempo.
Con respecto a la inmunidad natural pasiva, decir que a través de la placenta, el feto recibe anticuerpos de la sangre materna. Además en la mayoría de los mamíferos el primer calostro contiene grandes cantidades de inmunoglobulinas de tipo G y A. De esta forma, las crías de los mamíferos consiguen este tipo de inmunidad hasta que sus mecanismos inmunológicos se desarrollan totalmente.
La inmunidad artificial pasiva se consigue a través de la vacunación. Consiste en inyectar microbios de la enfermedad (muertos o atenuados) que ponen en marcha el mecanismo inmunológico, formándose anticuerpos específicos.
Por último, destacar el carácter de la inmunidad artificial pasiva.
Se alcanza a través de la sueroterapia.
Clásicamente, ha consistido en tratar al paciente aquejado de una enfermedad con suero sanguíneo de un animal al que se le inocularon previamente los microorganismos de dicha enfermedad (vacunado). Así logramos introducir en el paciente anticuerpos ya formados contra la enfermedad. Normalmente se utilizaba suero caballo. Actualmente, pueden fabricarse sueros a partir de microorganismos en cuyo genoma se ha incorporado información genética necesaria para fabricar, en ausencia del germen patógeno, los anticuerpos específicos contra él.
La sueroterapia se utiliza sobre todo con fines curativos en individuos ya enfermos. Existen sueros contra la escarlatina, el botulismo, el tétano e incluso contra diversos venenos de serpientes.
Autora: Dolores María Osuna Barrero. Profesora de biología del IES Muñoz Torrero (Cabeza del Buey).
Fuentes: Manual de Biología y Geología en Secundaria y Bachillerato.
Jimeno, A, Ballesteros, M; Pardo A y Ucedo, L.1983.Biología COU Santillana, Madrid.
VV.AA 1993. Sistema inmunitario. Investigación y Ciencia, noviembre 1983



