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CÓMO INFLUYEN LAS EXPECTATIVAS DE LOS DOCENTES EN SUS ALUMNOS

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Cuenta una leyenda mitológica griega, que el rey Pygmalión esculpió una estatua con la figura ideal de la mujer. A Pygmalión le gustó tanto su obra, que quiso que se convirtiera en un ser real. El deseo fue muy fuerte e hizo todo lo que pudo para conseguirlo. Pidió ayuda a Venus Afrodita, la diosa del amor, la cual colaboró en que su sueño se hiciera realidad. Así nació Galatea, su mujer ideal. En este mito griego se encierran significados complejos que se replican perfectamente en la crianza de los hijos, la enseñanza de los alumnos y, a veces, en el estilo para dirigir al personal de una organización.

El Efecto Pygmalión fue introducido en el área de la educación por el psicólogo norteamericano Robert Rosenthal, quien realizó un experimento con alumnos y maestros para demostrar que los estudiantes obtenían mejores rendimientos y más desarrollo personal en la medida en que las expectativas de sus educadores sobre la capacidad de los estudiantes eran mayores. Esto fue comprobado a través de una serie de experimentos aplicados con tests de inteligencia a estudiantes con dificultades escolares. Posteriormente, a los maestros se les comunicaba los resultados falseados, en los cuales los muchachos aparecían como mucho más inteligentes de lo que en realidad mostraba el test. La consecuencia fue que estos alumnos pasaron a ser los más destacados en clase y mostraron una inteligencia por encima del promedio. De este modo, los estudiantes se sintieron más capaces.

 

            Lo anterior se debió, principalmente, a que los profesores esperaban siempre buenos rendimientos de estos alumnos a los que se les había presentado como especialmente inteligentes. Movidos por este preconcepto, los maestros aplaudían cualquier pequeño acierto y disimulaban los pequeños fallos. El efecto de esta disposición positiva de los profesores era que aumentaba en estos alumnos la confianza en sí mismos y, en consecuencia, mejoraba su rendimiento.

            Las investigaciones  posteriores, que siguen la estela de Rosenthal y Jacobson, analizan el proceso mediante el cual se forman las expectativas. Uno de los modelos más elaborados en este sentido es el de Jussim (1986). El modelo distingue 3 fases:

1.      Construcción de expectativas del profesor con respecto al rendimiento académico del alumno, donde intervienen varios factores.

2.      Comunicación de las expectativas a los alumnos, sobre todo a nivel conductual, comportándose de una manera diferente con unos y con otros en relación a la ayuda que brinda al alumno en su proceso de aprendizaje. El profesor proporciona mejores oportunidades a los alumnos de los que ha elaborado mejores expectativas de éxito académico.

3.      Reacción de los alumnos ante las expectativas del profesor, que depende, entre otros, del autoconcepto, autoestima y patrones atribucionales del alumnado.

            No obstante, la influencia de las expectativas que nos formamos de nuestros alumnos sobre su rendimiento académico, también pueden ser aplicadas a las expectativas que tienen los padres sobre ellos. Es por eso, que se deben revisar nuestras ideas preconcebidas, ya que, sin darnos cuenta, estamos colaborando en que nuestro alumno o nuestro hijo cumpla lo que pensamos.

            Necesitamos, por tanto, tener expectativas constructivas que les permitan sacar lo más brillante de ellos mismos y desechar las negativas, pues les llevan a la degradación y a la merma personal.

Bibliografía:

-         Coll, C.; Palacios, J. y Marchesi, A.: Desarrollo psicológico y Educación, 2ª Edición. Vol 2. Psicología de la Educación Escolar. Ed. Alianza, 2001

Villar, L. M. (Ed.): Pensamiento de los profesores y toma de decisiones. Universidad de Sevilla, 1986.

 

                                                                               

 

F.D.O: María del Carmen Portillo González

DNI: 33.976.793 – C

Psicología y Pedagogía