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El fin del arte según Arthur C. Danto.

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Arthur C. Danto es Catedrático emérito de Filosofía en la Universidad de Columbia y critico influyente en el semanario The Nation. Tras bastantes años como crítico y autor de relevantes obras sobre filosofía y arte, obtuvo eco internacional con la obra “El fin del arte y el linde de la historia” , de título llamativo, ya que viene a certificar que el arte tal y como se había considerado desde el Renacimiento ha desaparecido.

¿Cuándo desapareció el arte? Danto sitúa esto en una fecha concreta: abril de 1964. En aquellos días vio en una exposición las cajas de Brillo Box de Andy Warhol (arte pop). Junto a las cajas de Brillo Box había envases de kétchup Heinz o conservas de melocotón. No eran envases originales sino una especie de copias “artísticas” pero que podían pasar por originales. Danto se planteó si eso podía ser arte. Si el arte pop puede ser considerado como arte cualquier cosa podría serlo. Esto no era nuevo tal y como desde Duchamp y sus ready mades se había visto.  A partir de aquí Danto propugna un cambio de enfoque. Ya no es pertinente preguntar si algo es o no arte, sino por qué ese algo es arte.

En realidad las manifestaciones artísticas surgidas desde inicios de los años 60 se dan en un contexto histórico definido por el inicio del agotamiento del modelo económico y social productivista de posguerra que, sin embargo, había transformado profundamente las condiciones de vida del mundo occidental con la implantación de los estados de bienestar, la emigración masiva del campo a la ciudad o la universalización de la educación. Estas transformaciones socioeconómicas modificaron los tradicionales papeles sociales como el de la familia, el atávico sometimiento de la mujer o el cuestionamiento de la idea tradicional de autoridad. La culminación de este proceso se dio en 1968 no tanto por los logros tangibles de las protestas, como por las importantes transformaciones culturales e ideológicas a que dio lugar.

Las ideologías postmateriales como el feminismo, el ecologismo o el pacifismo son herederas directas del mayo del 68 por más que se puedan rastrear sus orígenes en épocas anteriores. Las transformaciones en la concepción de los sistemas políticos, educativos, familiares o económicos, incluidas las relaciones de poder en el interior de los mismos –con la crisis de la idea de autoridad dada hasta ese momento- traerán consigo la necesidad de buscar una nueva definición para caracterizar las realidades asociadas al capitalismo tardío: así conceptos como posthistoria, postmaterial o postmodernidad (Lyotard), acaso la más utilizada, vinieron a poner de manifiesto el agotamiento de los paradigmas de la modernidad.

Si algo define a la posmodernidad es la idea de la muerte de las narrativas, el relato, que sobre el mundo se habían dado los seres humanos a lo largo de la historia, primero de tipo religioso y después, con la modernidad, de tipo secular, siempre ligado a una visión teleológica del devenir humano. El fin del discurso omnicomprensivo de la realidad afectó a todos los ámbitos, desde la filosofía a la posibilidad de establecer un relato histórico, las ideologías contemporáneas, las religiones o a la posibilidad misma de establecer verdad objetiva alguna. A esto vino a sumarse la influencia de la antropología con la puesta en valor de culturas ignoradas o directamente destruidas por la expansión occidental dando lugar a un multiculturalismo o relativismo cultural que expresa la imposibilidad de situar el predominio de unas culturas sobre otras y la necesidad de entender que cada cultura sigue su propia lógica que no debe ser percibida desde los canones occidentales.

En este sentido metafórico, desde el posestructuralismo, se certificó la muerte del sujeto (Foucault, Lacan). En efecto, occidente contemplaba y actuaba en el mundo desde una visión mitificadora basada en la percepción de un individuo blanco, de clase media y varón heterosexual. Todo lo que no fuera esto pasaba a engrosar la condición de minoría, aunque la minoría fuese precisamente, en un mundo descolonizado, multicultural y crecientemente conectado, el sujeto occidental así descrito[1]. Por último, la cesura cultural que estamos describiendo se completó con lo que el posestructuralista Barthes, no sin cierto dramatismo, llamó muerte del autor. Lo importante en los textos o en cualquier manifestación artística es el lenguaje, que es quien comunica, no el autor. Un lenguaje fruto de una pluralidad de focos culturales que sólo el receptor (lector o espectador) interpreta desde su propia situación en el mundo.

La muerte del relato, la desaparición del sujeto o el fin del autor, llegaron al mundo del arte. Ha sido Danto uno de los autores que más ha influido en ello con su “fin del arte”. Precisamente lo que Danto expresa con rotundidad es que el Arte, con mayúsculas, tal y como se había entendido en el discurso establecido desde el Renacimiento por Vasari estaba agotado porque no ayudaba a entender las manifestaciones artísticas del último tercio del siglo XX, ni aportaba nada al mundo de la crítica, necesitado de nuevas formas de percepción de las manifestaciones artísticas. Aquí es donde Danto establece la crítica al influyente crítico de arte, Greenberg.

Greenberg había sido, al menos hasta la década de los sesenta, una de las voces predominantes en la crítica artística y la historia del arte del siglo XX. Uno de sus axiomas, que para muchos críticos continúa siendo indiscutible, es que la historia del arte moderno está marcada por un descubrimiento de las condiciones materiales del arte. Según Greenberg, este proceso, que comienza con la reflexión sobre la percepción iniciada por los impresionistas a finales del siglo XIX, culmina en toma de conciencia del arte como algo material. El contenido de una obra es el lienzo, la pintura, su forma. Hasta tal punto es esto así que una obra no puede reducirse a otra cosa que no sea ella misma. La plena conciencia de la condición material del arte representa su final interpretado, según Greemberg, por el expresionismo abstracto en la década de los cincuenta y, concretamente, por la obra Jackson Pollock.

Así pues, hasta ese momento, Danto distingue dos relatos sobre el arte. El establecido desde el Renacimiento de tipo estético con la pretensión de proceder avanzando hacia una mejor plasmación de la realidad y el relato dado por Greenberg que había pretendido sustituir el agotamiento del anterior con las vanguardias desde una visión formalista, esto es, situando los elementos formales de la obra, pictórica, como el centro de la consideración de lo artístico y cuya perfección situaba Greenberg en el expresionismo abstracto. A juicio de Danto ambas visiones pecaban de lineales y teleológicas[2].

Para Danto, el arte pop de los años sesenta se encargó de desmentir a Greenberg. El pop no sólo elude el final de la historia del arte según la había concebido Greenberg, sino que, en realidad, es donde acaba la narración del arte moderno, abriéndose detrás de él las puertas de la posmodernidad. El arte pop  cede el paso a la historia de todos los movimientos ignorados por el formalismo y preparando el terreno para la llegada de la situación actual: un pluralismo en la práctica artística en el que no hay una narración o una escuela predominante.

En realidad desde las vanguardias, concretamente, desde el impresionismo, se había ido ampliando el concepto de lo que podía ser considerado como arte con influencias plurales como el arte japonés (Van Gogh), africano (Picasso) o Egipcio (Gauguin), con el paulatino fin del figurativismo (desde el impresionismo, pasando por el cubismo hasta llegar a la abstracción) y la ampliación de lo que podía ser considerado como objeto artístico al incluir elementos cotidianos (Duchamp).

En concreto, para Danto el fin del arte llega en el momento en que no es posible distinguir una obra de arte de un objeto cotidiano y que él sitúa en 1964 con el Arte Pop y las cajas de Brillo Box. ¿Qué distingue la caja de cartón en la que se inspira Warhol de la obra de arte, una caja idéntica a la de los detergentes Brillo? La obra de Warhol pone de relieve que no puede tratarse de un criterio estético, ya que ambas cajas son visualmente idénticas. No es, entonces, el ojo el que dirime qué sea arte y qué no. Danto defiende que una obra de arte, en principio, y a diferencia de un objeto ordinario, versa sobre algo y, por tanto, tiene un contenido o un significado; y, además, para que algo sea una obra de arte tiene que encarnar su significado, tiene que portarlo y mostrarlo. Eso es lo que distingue a la pieza de Warhol de la caja en la que se inspira. Una clave, por tanto, para discriminar el arte de lo que no lo es reside en saber si un objeto tiene sentido y, si lo tiene, de dónde lo toma. Detectar esto no es una tarea fácil. De hecho, es, según Danto, la tarea del crítico de arte. El carácter artístico de la obra lo establece la crítica en cada momento, por tanto es contingente, y no la obra misma.

             Hacer crítica consiste en hacer ver los significados que articulan los sentidos de las obras de arte, trazar los lazos actuales o posibles con otras obras y con el mundo en el que han sido generadas y al que están dirigidas. El arte contemporáneo ha sustituido la belleza (en la visión clásica) o el virtuosismo formal (en el caso de Greenberg) por el significado. Es decir el arte ya no es una cuestión de estética o formal sino más bien de filosofía de la crítica. Aquí Danto muestra la influencia de Kojevé (a su vez hegeliano[3]) al establecer un fin del arte al tomar éste autoconciencia de su ser filosófico. Al igual que señaló Kojevé con el fin de la historia tras la batalla de Jena en dónde se imponían los ideales de la Revolución Francesa o el denostado Fukuyama tras la caída del bloque del este con el triunfo del liberalismo. El arte abandona cualquier discurso histórico, cualquier finalidad, para ser posthistórico.

            Danto describe el presente, época posthistórica, como un momento de máximo pluralismo estético, de la máxima libertad, donde ningún género artístico goza del privilegio de la exclusividad, de la primacía jerárquica. La pintura sigue y seguirá existiendo, pero ya no es la principal de las artes. Tampoco hay criterios definidos para establecer la crítica artística como pasaba en el mundo del formalismo de Greenberg. Es más ni siquiera está claro cuáles son los limites físicos o los soportes de la obra de arte. Pensemos en Christo envolviendo el Reichstag, las performances, el land art, las instalaciones o el videoart. Los artistas ya no se sitúan en un dialogo con las obras de arte de una tradición concreta sino que amplían los temas hasta el infinito incluyendo cuestiones sociales, culturales o identitarias. La cuestión entonces es ¿es posible establecer un orden dentro del mundo del arte? La respuesta está en el  capitalismo. El orden lo establece la clasificación comercial de las obras y ésta no viene definida por la “calidad artística”, sea esto lo que se quiera, sino por políticas de marketing en los media y en la posibilidad de acceder a los mismos.



[1]              Según establece Hal Foster en El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo. Akal, Madrid, 2001. Interpreta este autor que el sujeto occidental tiene una imagen de si mismo que teme ver despedazada por todo aquello que escapa de o que considera como “normal” (locos, mujeres, enfermos de sida, comunistas, judío, homosexuales). Este sujeto que se pretende universal y es únicamente particular el que se encuentra en trance de desaparición.

[2]              Quizá podría decirse que Danto peca de reduccionista al reducir el arte posterior al Renacimiento a las ideas de Vasari o las de las vanguardias y posteriores, a las de Greenberg.

[3]              Hegel en la Fenomenología del espíritu estableció la historia como una evolución consciente del espíritu, en sus distintas formas temporales, hasta la autoconciencia absoluta de si mismo.

 

Alfredo Rivero Rodríguez

IES Juan Sebastián Elcano

22990762P

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