En 1916 a Ortega hace tiempo que le ha pasado el hambre objetivista; nos encontramos justamente en el meollo de lo que se conoce como su etapa perspectivista, en la que articulará sus capitales nociones de perspectiva y circunstancia, antes de que El tema de nuestro tiempo abra, en 1923, su periodo considerado de madurez y reconocido como raciovitalista.
En 1916 han pasado tres años de la publicación de las Ideas de Husserl y Del sentimiento trágico de Unamuno, autores de los que nuestro filósofo se ha emancipado en busca de su propio camino, tan alejado del idealismo del primero como del irracionalismo del último; un par de años antes ha publicado las Meditaciones del Quijote y, con Alemania en el retrovisor y la España invertebrada no muy cerca del horno aún, percibe que la circunstancia española le obliga a tomar una posición distinta a la del pensador germano alejado del mundanal ruido; andamos por los orígenes de la actividad pública de Ortega, Cátedra de Metafísica en el bolsillo desde 1910, al año siguiente del escrito que nos ocupa fundará el diario El Sol; más adelante llegarán la Revista de Occidente y su participación en política. Parece que Ortega no trata sino de salvarse, algo imposible si uno no salva a la vez su contorno; en las citadas Meditaciones ya fue claro al respecto:
La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre. Mi salida natural hacia el universo se abre por los puertos del Guadarrama o el campo de Ontígola. Este sector de realidad circunstante forma la otra mitad de mi persona, sólo a través de él puedo integrarme y ser plenamente yo mismo. . . . Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo. Benefac loco illi quo natus es [Haz el bien allí donde has nacido], leemos en la Biblia. Y en la escuela platónica se nos da como empresa de toda la cultura, ésta: ‘salvar las apariencias’, los fenómenos. Es decir, buscar el sentido de lo que nos rodea (75-78).
“La tercera jornada sea toda para sí: última felicidad, el filosofar” (Gracián 228). En el artículo de hace noventa y cinco años, Ortega, como quien recién acabase de leer el aforismo 229 del Oráculo Manual, nos muestra su necesidad de acotar una parte de sí para la contemplación. La política, como supeditación de la teoría a la utilidad, arguye, lo ha invadido todo desde la segunda mitad del XIX, y con ello “ha quedado reducido el pensamiento a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin ocuparse de éstos”; surge la guerra y a Europa lo de las cuestiones últimas le suena a chino. Husserl parece asomar la nariz entre las líneas: ¿Veis que hemos llegado a esto ante la crisis de sentido de las ciencias europeas?
Pero Ortega no va por la senda del giro subjetivista del fenomenólogo; nuestro protagonista propugna “frente a una cultura de medios una cultura de postrimerías”, y esta inquietud suena a augurio de lo que más adelante surgirá de Frankfurt, a presagio de la crítica del imperio de la razón instrumental.
Al madrileño ya le preocupa a principios del siglo pasado que la omnipotencia de lo útil como referente universal inunde predios ajenos al razonable sentido de la utilidad, y cual planta parásita acapare campos como el de la búsqueda de la verdad, tornándola en mentira. Vislumbra un peligro ingente apenas ha aparecido, pero la plaga estaba todavía lejos de desarrollar gran parte de su potencial, tan visible por ejemplo en esta paradoja que se da en la sociedad occidental actual y que Horkheimer denuncia en su obra Crítica de la razón instrumental (154):
Una sociedad que frente a la muerte por inanición común en amplias zonas del mundo renuncia a utilizar buena parte de su maquinaria, que deja de lado inventos importantes y que dedica innumerables horas a anuncios publicitarios imbéciles y a la producción de instrumentos de distracción, una sociedad que hace gala de semejante lujo, ha convertido, paradójicamente, la utilidad en evangelio.
Contemplemos pues, seamos amigos de mirar, lectores sin prisa para no caer en la unidimensionalidad que supondría que la política como utilidad abarcara toda nuestra cabecita. Ortega quiere lectores “dispuestos a renacer en toda hora de un credo habitual a un credo insólito”, en definitiva abiertos a sustituir creencias por nuevas ideas, usando terminología orteguiana por venir, lectores que “se hayan reservado un trozo de alma antipolítico”; a ellos se dirige el Espectador cuando plantea su perspectivismo.
¿Y en qué consiste éste? Básicamente en afirmar que todo conocimiento está anclado siempre en un punto de vista, en una situación concreta, en una circunstancia, y que en su propia esencia, la realidad misma es multiforme, atendiendo a la pluralidad de puntos de vista.
El concepto de perspectiva aparece ya en Leibniz (cada mónada es una perspectiva del Universo) y en Nietzsche (nos es imposible salirnos de nuestro ángulo visual, sostiene en el aforismo 374 de La Gaya Ciencia), si bien el propio Ortega se desmarca del perspectivismo que este último vierte en La voluntad de poder; también lo vemos en Teichmüller y, más adelante y en diversos sentidos, en otros autores como Whitehead, Mead o McGilvary.
Mediante este concepto, Ortega quiere superar escepticismo y racionalismo como actitudes ilegítimas y contrapuestas. Difícil expresarlo con palabras más claras que las del artículo que comentamos:
La historia de la ciencia del conocimiento nos muestra que la lógica, oscilando entre el escepticismo y el dogmatismo, ha solido partir siempre de esta errónea creencia: el punto de vista es falso. De aquí emanaban las dos opiniones contrapuestas: es así que no hay más punto de vista que el individual, luego no existe la verdad (escepticismo); es así que la verdad existe, luego ha de tomarse un punto de vista sobreindividual (racionalismo).
El Espectador intentará separarse igualmente de ambas soluciones, porque discrepa de la opinión donde se engendran. El punto de vista individual me parece el único punto de vista desde el cual puede mirarse el mundo en su verdad. Otra cosa es un artificio.
Ortega defiende que la peculiaridad de cada ser en absoluto va a obstruirle la captación de la verdad; muy al contrario considera su diferencia individual “el órgano por el cual puede ver la porción de la realidad que le corresponde”, de donde cada individuo deviene “un aparato de conocimiento insustituible”. Circunstancia y perspectiva se articulan así en una particular concepción de la verdad, donde la realidad sólo puede ofrecerse en perspectivas individuales. “Como las riberas independientes se aúnan en la gruesa vena del río, compongamos el torrente de lo real”, nos llega a exhortar poéticamente nuestro autor, aludiendo a Goethe como autoridad que nos recuerda que “sólo entre todos los hombres llega a ser vivido lo humano”.
El perspectivismo orteguiano supone, con todo esto, que el dato radical de mi existencia no es que yo existo, sino mi coexistencia con el mundo, de forma que la realidad radical “mi vida” quedará compuesta por la interacción del yo con la circunstancia. Notas existencialistas tintinean; se escapan de cornetas agazapadas en el horizonte.
Lo que pasa es que “dentro de nosotros se aferra lo viejo con todos sus privilegios de hábito, autoridad y ser concluso”, otra vez las creencias resistiendo a ser desplazadas por nuevas ideas…
No pasa nada, recurramos a Hegel, sólo se trata de tener el valor de equivocarse.
Sólo se trata de que nuestro futuro proyectado vaya componiendo nuestro presente.
Sólo se trata de seguir con el ensayo y error.
Para que luego digan que el Espectador es meramente contemplativo…
Joaquín Parra Cortés
Febrero de 2011
Bibliografía principal
Ferrater Mora, José. Diccionario de Filosofía. Barcelona: Ariel, 2009. Impreso.
Gracián, Baltasar. Oráculo manual y arte de prudencia. Madrid: Cátedra, 2009. Impreso.
Horkheimer, Max. Crítica de la razón instrumental. Madrid: Trotta, 2002. Impreso.
Ortega y Gasset, José. Meditaciones del Quijote. Madrid: Cátedra, 2005. Impreso.
---. “Verdad y Perspectiva”. El Espectador, en Obras completas. Madrid: Revista de Occidente en Alianza Editorial, 1966. Impreso.



