A. D. E. N. U.

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Home Geografía e Historia LA CONSTRUCCIÓN DEL NACIONALISMO ESPAÑOL EN EL SIGLO XIX.

LA CONSTRUCCIÓN DEL NACIONALISMO ESPAÑOL EN EL SIGLO XIX.

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El estudio de la influencia de la historiografía liberal  en el proceso de  construcción de la identidad nacional española a lo largo del siglo XIX no puede entenderse al margen de la configuración de la nueva sociedad que se lleva a cabo con la edificación del Estado Liberal. Al respecto, la valoración que merece la configuración y desarrollo del Estado liberal ha variado mucho a lo largo de este siglo, por lo que debemos centrarnos en su análisis desde la perspectiva de sus aspectos nacionalizadores.

 

1.- SOBRE LOS PARADIGMAS INTERPRETATIVOS DE LA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO LIBERAL ESPAÑOL.

 

El significado del siglo XIX en la historiografía española ha cambiado ostensiblemente en función de las diferentes coyunturas historiográficas, fruto, a su vez, de las distintas autopercepciones de los españoles sobre su presente. A riesgo de simplificar podemos distinguir tres fases en la consideración del siglo XIX español[i]. La primera de ellas sería la que iría hasta los años 50 aproximadamente en la que cabría incluir desde los escritos regeneracionistas hasta la historiografía franquista, cuyo paradigma interpretativo básico establece la excepcionalidad de la historia española del siglo XIX, si bien, como es obvio, desde posicionamientos ideológicos antagónicos. Desde las dos posiciones historiográficas heredadas del siglo XIX sobre la decadencia española, la tradicionalista – el problema residía en el siglo XVIII-  y la liberal – el problema residía en los Austrias-  la historiografía regeneracionista elabora un paradigma interpretativo basado, como veremos, en la singularidad de la historia española desde una perspectiva metafísica.

 

La segunda seria la que manteniendo el paradigma de la excepcionalidad se abre a otras metodologías tales como la de Annales o la marxista, si bien pasada por el tamiz español, es decir que la historia española era singular, pero ya no se contemplaba esa singularidad desde la metafísica sino desde la conceptualización del acceso a la modernidad que en el caso español habría sido la historia de un fracaso.

 

En tercer lugar, encontramos la perspectiva que se viene adoptando desde finales de los años 80 y, sobre todo, en los 90 que insiste en reformular las ideas del mito del fracaso y que considera a España con una evolución histórica normal en el panorama europeo[ii]. Estas ideas tuvieron como precursoras las obras de Vicens Vives, Artola o Jover. En la actualidad el debate sobre los diferentes aspectos del siglo XIX español se centra en las razones del cambio político, en la composición y origen social de quienes lo protagonizaron y, por último el alcance económico y social de dicho proceso. Como decimos, existe una amplia coincidencia en la impugnación del modelo explicativo del fracaso, de origen regeneracionista, tanto en los aspectos relacionados con la industrialización, en los que se concluye que no debe compararse la trayectoria española con la inglesa, supuesto modelo, sino que debe contemplarse diferentes vías industrializadoras, de las cuales el caso español sería una variante mediterránea. Del mismo modo, existe un creciente consenso en el abandono del paradigma del fracaso en lo que concierne a la revolución liberal, ya que se considera que esta interpretación era presa del mito historiográfico de la revolución protagonizada por una burguesía capitalista ascendente que desplazaba a la aristocracia de los círculos del poder político y económico[iii]. Desde esa posición la historia política del XIX español quedaba truncada debido a las supuestas insuficiencias de la citada burguesía. En realidad nos encontramos en un momento de sustitución de las viejas categorías por otras más precisas que se vean avaladas empíricamente y den cuenta de manera más ajustada del proceso de modernización español[iv].

 

 En todo caso persisten aspectos no resueltos respecto a lo que hemos señalado ya que si bien la modernización española cabe situarla en las coordenadas europeas del momento, con sus especificidades, debemos observar, con J.J. Carreras Ares, que España es el único país europeo con partidos nacionalistas hegemónicos en sus respectivas comunidades lo que nos debe llevar a la reflexión sobre los caracteres de la nacionalización española, algo que nos conduce a matizar la “normalidad” española, desde la perspectiva de unos procesos de nacionalización que son un elemento fundamental de la modernización[v]. 

             

2.- EL PROCESO NACIONALIZADOR ESPAÑOL EN EL SIGLO XIX.

 

2.1. LOS PROBLEMAS DE ESTUDIO DEL NACIONALISMO ESPAÑOL.

 

Se ha comentado como la Revolución liberal y la configuración del Estado- nación son las dos caras del mismo proceso de modernización. Sin embargo, se da la circunstancia de que mientras el primero de estos elementos, como hemos visto, presenta numerosas valoraciones y polémicas historiográficas, el segundo apenas ha sido estudiado por la historiografía contemporaneista[vi], al contrario de lo que ha ocurrido con los nacionalismos periféricos. Las razones de esta situación son complejas sobre todo cuando la reflexión sobre el problema de España ha sido constante desde, al menos, la polémica sobre la ciencia española que inaugurara Menéndez Pelayo[vii]- que en el fondo nos retrotraería a la Ilustración- y que continuó con las reflexiones de los regeneracionistas o la polémica entre Américo Castro y Sánchez Albornoz. Todas estas percepciones tenían el elemento común de reflexionar sobre España desde un posicionamiento metafísico y esencialista - por no hablar de la apropiación exclusivista que hizo la dictadura franquista -. Por otra parte, la realidad nacional de España, para la historiografía del XIX y gran parte del XX (se reconozca o no presenta todavía marcados sesgos nacionalistas, ataduras se ha dicho, ya sean  explícitos o implícitos[viii]) el marco de partida de cualquier estudio era la realidad nacional española.

 

Esta situación cambia en las postrimerías del franquismo sobre todo en lo que respecta al análisis de los nacionalismos periféricos en el contexto de una lucha antifranquista de la que eran compañeros de viaje. De esta forma surgen unas rigurosas historiografías vasca, gallega y catalana, desde nuevos planteamientos teóricos (especialmente el marxismo) y metodológicos, tendentes a superar - sin conseguirlo siempre - la perspectiva esencialista. Pese a estos avances se ha tardado bastante tiempo en incorporar - y aun de manera minoritaria- las perspectivas ofrecidas por la ciencia política, la sociología o la historia cultural. Por su parte las todavía escasas investigaciones sobre el nacionalismo español han superado la metafísica sobre el ser de España, trasladando el enfoque desde la nación al nacionalismo[ix]. Pero prácticamente está todo por hacer en el estudio del nacionalismo español. Se sabe poco de los diferentes proyectos nacionalizadores a lo largo de la revolución liberal, de la acción nacionalizadora del Estado en sus diferentes variantes  (administración, ejercito, educación...), del impacto de esa acción no sólo sobre las diferentes elites sino sobre todo sobre los diferentes sectores sociales, de la relación entre el proceso nacionalizador español y las alternativas periféricas, dado que parece que a partir de cierto momento se retroalimentan, o de estudios comparados en el marco europeo[x]. De estas consideraciones se desprende que lo que aquí se diga  constituye una valoración del estado actual de nuestros conocimientos, susceptible de múltiples matizaciones.

 

2.2. LOS INICIOS: REVOLUCIÓN LIBERAL Y CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO- NACIÓN POR LOS MODERADOS.

 

Se da la paradoja de que en los inicios del siglo XIX, España era una de la más viejas entidades políticas de Europa y sin embargo, no se refunda en un Estado- nación indiscutido, de ahí que sea necesario referirnos a las razones de esa peculiaridad, aun cuando, como se ha comentado, sea un tema insuficientemente estudiado, y abierto a importantes debates sobre su significado, caracteres y alcance.

 

 En efecto, desde al menos el siglo XVI la Monarquía española presentaba rasgos que heterogéneos en unos casos, como los culturales o lingüísticos u homogéneos en otros, como los religiosos, la percepción de enemigos en el ámbito internacional, configuraban una identidad colectiva. Además existían un conjunto de  relatos patrióticos como los de Quevedo, Nebrija o el Padre Mariana, referidos, eso si, a las grandezas o los problemas (arbitristas) de la Monarquía o el catolicismo. En el siglo XVIII, ya se encuentran menciones a las glorias patrias desde una perspectiva étnica en Jovellanos, Quintana o en la recién creada Real Academia de la Historia.  Por tanto, a principios del siglo XIX en el concepto de España se incluían diferentes aspectos (monarquía - lealtad dinástica -, religión, geográficos, lingüísticos, culturales, regionales...) que no daban lugar a una identidad nacional en sentido moderno, al menos tal y como la hemos definido en el presente trabajo[xi] pero que no se diferenciaba de otras entidades políticas europeas que podemos calificar como pluriétnicas tales como Francia o Gran Bretaña. Sin embargo un siglo después la identidad colectiva España no se ha transformado de manera indiscutida en identidad nacional. Las causas se encuentran en un problemático siglo XIX y en la peculiaridades de la revolución liberal.

 

El nacionalismo –como se sabe la otra cara necesaria del liberalismo revolucionario- español de inicios del siglo XIX [xii]divulga una idea de nación política basada en la consecución de derechos civiles y políticos para los ciudadanos, así considerados, al ser el elemento constitutivo de la soberanía y, por tanto, legitimadores del poder político[xiii]. Comienza a crearse una nueva idea de España basada en los principios del liberalismo. El punto de arranque de esta visión, y por tanto del nacionalismo español, será la Guerra de Independencia, al menos en sus aspectos idealizados a los ojos de ese naciente liberalismo[xiv]. Los elementos nacionalizadores del liberalismo serían los necesarios para actuar en coherencia con los presupuestos que conocemos, tanto del liberalismo político como del económico, a saber; configuración del cuerpo sujeto de los derechos políticos, es decir, el pueblo, la creación de una unidad cultural homogénea, la creación del mercado nacional, mediante la eliminación de las trabas aduaneras propias del Antiguo Régimen, la liberalización de la producción, incluyendo la trascendental transformación de la propiedad de la tierra y el reclutamiento militar. Este primer liberalismo gaditano- como si creyese en una cierta carencia de legitimidad- enuncia esos principios nacionales que comentamos, desde el prisma liberal, pero con la peculiaridad, que caracteriza el liberalismo español, de un fuerte historicismo, es decir, desde la perspectiva de una nación española, pese a la retórica liberal,  fundamentada en rasgos étnicos según la perspectiva historicista[xv].

 

Ahora bien, estas son las intenciones recogidas en el programa liberal. La realidad fue bien diferente. En primer lugar la idealizada Guerra de Independencia[xvi] no supuso una movilización del pueblo en lucha por su liberación nacional  como puede hacer creer el mito nacionalista, sino que por el contrario, esta se debió a la defensa del Altar y el Trono, es decir, del absolutismo, elemento este que a juicio de José Álvarez Junco constituye el primer fracaso movilizador  liberalismo español[xvii]. De hecho este autor señala que:

 

[...]la mayoría de las movilizaciones populares españolas del siglo XIX (exceptuada posiblemente la de 1868) surgen contra cargas o productos del programa liberal: anticonsumos, antiquintas, protestas contra la centralización, la racionalización de las unidades administrativas, la creación de nuevos impuestos, la subordinación del campo a la ciudad, la liberalización de los mercados [...][xviii].

 

La enorme resistencia del absolutismo en España condicionó todo el proceso de modernización- tal es así que el posible impacto por la pérdida del Imperio americano apenas se dejó sentir debido al fragor de la lucha contra el absolutismo, y, en todo caso, la responsabilidad de tal problema era del Rey y no de la hipotética nación (en coherencia con el concepto patrimonial de los diferentes territorios de la Corona) -. Tras la primera guerra carlista y sobre todo, tras la regencia de Espartero, se va a definir claramente el modelo a seguir con la tendencia del liberalismo, desde entonces moderado, que definirá la soberanía no ya como nacional sino como compartida desde la Constitución de 1845, configurando un modelo de Estado caracterizado por una fuerte oligarquización, el militarismo, el autoritarismo y la política de exclusión de la mayoría[xix] que, por las peculiaridades de las posibilidades de pertenencia al censo electoral, no tenía ninguna posibilidad de acceso al poder. Desde entonces, la vía del pronunciamiento como mecanismo de cambio político se consolidará en la vida política decimonónica. La dirección de este proceso recae en una oligarquía de propietarios que se origina la agregación de grupos formada por la vieja aristocracia, las burguesías agraria, mercantil, industrial y financiera, los profesionales liberales más pudientes, los altos mandos del ejército y funcionarios de alto nivel, surgida de la síntesis entre viejas y nuevas elites para dar lugar a una sociedad de notables como la ha definido Jesús Millán[xx]. Al cabo, el Estado moderado fundamentado en esta mezcla con sectores provenientes del Antiguo Régimen  y tras la desamortización de Mendizábal, intenta atraerse a la Iglesia mediante la firma del  Concordato de 1851[xxi]. No obstante, en 1833 se había producido la división provincial de Javier de Burgos, trascendente para la estructura administrativa española contemporánea, al sustituir el conglomerado territorial propio del Antiguo Régimen, algo que ya se había planteado con Floridablanca, José Bonaparte, las Cortes de Cádiz o durante el Trienio. Así pues se implanta la uniformidad provincial y administrativa, que no hay que confundir, sin embargo, con proyecto nacionalizador alguno, sino más bien por las necesidades de reorganización administrativa existentes[xxii].

 

Como decíamos, con los moderados se produce la edificación del Estado liberal mediante una reorganización de la administración con la creación de los gobiernos civiles y militares  así como las diputaciones[xxiii]. Se reorganiza la hacienda mediante la reforma fiscal de Mon Santillán de 1845, se firma el Concordato de 1851, y se afronta la segunda Guerra Carlista en 1846. La clave de todo el edificio residía en la Constitución de 1845, vigente hasta la Gloriosa. En ella se veía reducido el cuerpo político, de tal manera que solo pertenecían a el los sectores que constituían la base del moderantismo.

 

La instrumentalización del ejercito en la vida política española como agente de cambio político, llevó necesariamente a la escasa representatividad del sistema, basado, con la excepción de los periodos más radicales como el Trienio y el Sexenio, en la exclusión de la mayoría y en la elaboración de la soberanía compartida propia del liberalismo doctrinario triunfante que de hecho excluía la idea genuinamente liberal de soberanía nacional. La presencia constante de militares en la vida política (Espartero, Narvaez, O´ Donnell) obedeció al la debilidad del sistema parlamentario, a unos partidos políticos que eran más grupos de presión por el poder que representación del cuerpo social, y a la necesidad de orden en el contexto del miedo al carlismo y al desorden social, en un marco europeo plagado de episodios revolucionarios[xxiv].

 

Estas circunstancias minimizan la configuración de la nación política que paulatinamente desde el predominio moderado se irá transfigurando en nación cultural basada en el esencialismo historicista, que si bien, como sabemos, no deja de estar presente en el concepto de nación liberal, ahora se hace predominante. Esto es importante como señala B. De Riquer al poner de manifiesto que no es ya la nación un logro liberal sino que, por el contrario es una realidad preexistente,[xxv] como no podía ser de otro modo desde el momento en que los ciudadanos, en su mayor parte, quedaban excluidos de las instituciones. Solo podía sentirse la pertenencia a la nación en un sentido étnico, nunca político.

 

Sin duda uno de los principales puntos de debate sobre el siglo XIX español es el que atañe a la configuración de un Estado y administración modernos. La opinión más generalizada es la que se refiere a su debilidad, incluso en aspectos supuestamente claros como el centralismo, que resultó ser más teórico que real, según ha señalado en diversos estudios Juan Pablo Fusi[xxvi]. Una buena ejemplificación de lo que decimos lo constituye el caso de  Madrid, considerada a mitad del siglo XIX por los propios contemporáneos como una de las capitales más sórdidas de Europa, situación que no cambiará hasta finales de siglo y durante el primer tercio del siglo XX. Las insuficiencias modernizadoras del Estado se perciben en la falta de eficacia en los instrumentos nacionalizadores sobre todo  los  referidos a la articulación de un sistema educativo moderno - con notorios desequilibrios territoriales -, el ejercito, que no unifica sino que es un elemento de represión interna y de cambio político, además de no lograr el reclutamiento popular que tan importante fuera en la nacionalización de los franceses - de hecho en España se convierte en un "impuesto de pobres" como demuestra sobradamente el problema de las quintas -, la deficiente unificación simbólica. (bandera, himno, monumentos, callejero de las ciudades, con nombres de las supuestas glorias nacionales, fiesta nacional)[xxvii] y las peculiaridades de la configuración del imaginario histórico de los españoles, más cercano a la influencia de la literatura en un primer momento y a la historia después, si bien, con relevantes problemas como la escasa profesionalización de los historiadores españoles o la reducida inversión en educación, cuestiones estas que trataremos con mayor profundidad más adelante.

 

A estos aspectos debe añadirse la ausencia de rivalidades internacionales al pasar España durante el siglo XIX a pequeña potencia, además de perder la mayor parte de su imperio colonial[xxviii] y la tardía articulación de un mercado nacional,- desequilibrado -, el desfase modernizador de la economía española con un exceso de población rural y por tanto un déficit de urbanización, que no comienza a solucionarse hasta el primer tercio del siglo XX.

 En síntesis, el proceso de modernización español a la altura de 1868 era desequilibrado tanto en lo  económico como en la modernización social y cultural lo que condiciona todo el proceso nacionalizador[xxix].

 

2.3 LA ALTERNATIVA FEDERAL AL CENTRALISMO MODERADO: EL SEXENIO REVOLUCIONARIO.

 

La I República nació lastrada por la diversidad de opciones que existían en la España de aquel momento respecto a la organización del Estado y la sociedad. Buen ejemplo de esto seria el hecho de que en las únicas elecciones celebradas bajo su mandato, las elecciones constituyentes de Mayo de 1873, la abstención se elevó al 61 por ciento del electorado como consecuencia de la no participación de todos los partidos de las derechas, desde los alfonsinos a los radicales de Ruiz Zorrilla ni la AIT. La República fue proclamada por unas Cortes en las que los republicanos estaban en minoría y en las que la mayoría pertenecía al partido radical de Ruiz Zorrilla, favorable en todo caso a una República unitaria y moderada nunca federal - plasmada en la Constitución de ese año no ya como república federal sino confederal - auténtica alternativa al centralismo anterior -. De ahí que debido al fracaso del republicanismo, la alternativa federal y democrática resultase invalidada por mucho tiempo, y tras el golpe de estado de Martínez Campos volvieran a imponerse las opciones conservadoras y, cómo no, una idea de nación muy alejada de las posibilidades democratizadoras que el federalismo había ofrecido mediante la alternativa federal[xxx]. Lastrada por su propia debilidad legal y por las divisiones ideológicas y políticas que afloraron en el interior del republicanismo- que revelaron que ni siquiera existía acuerdo básico sobre la naturaleza misma del régimen que se quería construir -, y desbordada por el proceso de polarización (agitación social, insurrección carlista, rebelión cantonal), la experiencia republicana desembocó en la quiebra casi absoluta de la autoridad del Estado. De hecho se iba a autoconstituir en garante del Estado el ejército, que desde ese momento, nunca volvería a ser revolucionario como entre 1820 y 1868. Desde entonces siempre se posicionaría con los sectores más reaccionarios de la sociedad española. A partir de estas constataciones podemos referirnos al período de la Restauración.

           

2.4. LA RESTAURACIÓN. UNA  IDENTIDAD NACIONAL CONFLICTIVA.

 

El período de la Restauración, como ha ocurrido con el resto de la historia española, ha sufrido las más variadas interpretaciones en función de los diversos contextos sociales, intelectuales e historiográficos, de ahí, las distintas metodologías empleadas en su estudio[xxxi]. Las valoraciones han oscilado desde las negativas propias del regeneracionismo y, como sabemos, de gran influencia en toda la historiografía del siglo XX, a las, también negativas, planteadas desde el marxismo y la interpretación de ese periodo como una etapa de la Revolución Burguesa en el que se consolida el bloque de poder dominante (Tuñon de Lara) en la España contemporánea, propias de los años setenta, junto a las más benignas propias de la historiografía conservadora de la época (Comellas, Seco Serrano), o las que, desde el presentismo del consenso de la Transición, han tratado de encontrar en esta etapa un antecedente de ese momento, por no hablar en la actualidad de la búsqueda de la derecha española de una etapa histórica en al que verse reflejada sin mala conciencia (J.Mª Marco)[xxxii]. Desde los años ochenta, bajo los auspicios de la teoría de la modernización y el alud de estudios locales - fomentados más por la financiación autonómica que por una opción metodológica - se han añadido nuevas perspectivas que han enriquecido el debate, de ahí que nos refiramos a ellas ya que nos pueden ayudar a entender las peculiaridades de la lenta nacionalización española (Fusi), que si hasta ese momento no habían desentonado en el concierto europeo si lo harán tras la inacción restauracionista. Las referencias al sistema de la Restauración son fundamentales para entender esa inacción a la que nos referimos. Igualmente son numerosas las cuestiones a resolver debido a la falta de estudios globales sobre el liberalismo, el conservadurismo o el anarquismo, situación que se da en menor medida respecto al socialismo[xxxiii].

 

La Restauración se explica como producto de la ampliación del consenso entre los sectores de las clases dirigentes (tras la experiencia democrática del sexenio), de una integración no excluyente- entre esas propias clases dirigentes -, a diferencia de lo que caracterizó al régimen isabelino, intentando establecer un orden social no democrático, pero si liberal- conservador, que fuera compatible con el mantenimiento de un orden económico capitalista y el control del mismo. Es, a juicio de Varela Ortega, una solución liberal no al problema de la representación política o al de la democracia, sino al de la alternancia pacífica en el poder[xxxiv].

 

El modelo canovista supondrá restablecer el consenso de las diversas facciones de los sectores dominantes, incorporando los intereses que representaban los anteriores  moderados, los unionistas, e integrando hasta a los progresistas y algunos demócratas. Simultáneamente supondrá el control y marginación de las representaciones y los movimientos populares, desde el republicanismo y el movimiento obrero hasta el carlismo, desde una clara voluntad política de no integración de los mismos. Los apoyos sociales del régimen los encontramos en la vieja nobleza, los terratenientes, financieros, plantadores cubanos, profesionales urbanos, jerarquía eclesiástica, cúpula del ejército y alta administración. Además contaba con el apoyo de las clases medias que si bien eran escasas en número y apenas participaban en la política estaban de acuerdo con el sistema debido a la experiencia del sexenio, al cual identificaban con falta de orden, revueltas, etc. Por lo demás las organizaciones políticas del período asemejaban más a organizaciones de notables, de amigos políticos en la feliz expresión de Varela Ortega, sin apenas militantes, que a los modernos partidos de masas[xxxv].

 

Las bases del sistema político de la Restauración se centran en  la Constitución de 1876, en la estimación de una soberania que no era nacional sino que por el contrario residía en la Monarquía y Cortes lo que se denomina como “Constitución interna”[xxxvi], el  eclecticismo político mediante la integración en el sistema de diversas corrientes liberales con objeto de propiciar la alternativa política desde el civismo y no a través del clásico recurso al pronunciamiento, pero controlando desde el poder la alternancia a través del sistema caciquil, surgido del Pacto del Pardo acordado por Cánovas y Sagasta en 1885 ante el temor de inestabilidad del sistema tras la muerte de Alfonso XII y la perspectiva de la debilidad del sistema durante la Regencia[xxxvii]. Además, el ejército quedaba sometido a la disciplina civil, y en todo caso, configurado bajo la lealtad a la monarquía y como garante del orden establecido.

 

Al quedar fuera del sistema los republicanos y carlistas al principio, y los socialistas y anarquistas después se convertirán en la oposición al régimen desde fuera del sistema, amén de los enfrentamientos entre ellos mismos, junto con la presión constante de la Iglesia Católica siempre contraria al liberalismo, incluso al muy conservador del período, y a que en la Constitución se declarase expresamente la religión católica como oficial (artículo 11) Sin embargo, el hecho de que se permitiera una libertad de cultos en el ámbito privado, junto a la existencia de elementos modernizadores como la libertad de cátedra disgustaba profundamente a una iglesia  opuesta a cualquier atisbo de secularización o de pérdida de su poder sobre las conciencias. Al fin y al cabo la modernidad no había arrebatado a la Iglesia solo sus propiedades sino que también cuestionaba las posibilidades de adoctrinamiento de la misma desde la perspectiva de la educación toda vez que uno de los elementos característicos de los estados contemporáneos es el control por parte de los mismos del aparato escolar, que de hecho reelabora.

 

De esta manera, se dio la situación en la España de la Restauración de que cada grupo político partía de una consideración de la nación española, pero contrapuesta a la de los demás, y en medio el Estado, que ante el temor de verse atacado no hizo nada por extender su propia idea de España, al menos la de Cánovas[xxxviii]. Como se verá en el próximo capítulo, se establece una competencia, librada en gran medida en el campo educativo, entre las diferentes ideas de España defendidas desde la Iglesia por el tradicionalismo integrista o desde la Institución Libre de Enseñanza, desde una perspectiva liberal elaborando diferentes relatos de un pasado idealizado al perseguir extender una visión pretérita que contribuyese a crear una comunidad de memoria con objeto de servir de instrumento político a las pretensiones respectivas sobre la organización política y social[xxxix]. Téngase en cuenta que el sistema educativo adolecía de graves problemas como la escasez de recursos, la falta de una adecuada inspección educativa, la descentralización la ausencia de un profesorado cualificado, y la asistencia de un 30% del alumnado a escuelas religiosas en las que la enseñanza era manifiestamente hostil al estado liberal. Cuando se comience a tomar medidas, estas no irán encaminadas a lograr una educación cívica, sino a adoctrinar en el patriotismo ciego. ¿ Desde qué fundamentos?; ¿los del integrismo católico?, ¿los del Estado liberal- conservador?, ¿desde el liberalismo democrático?. Nunca existió un consenso al respecto en la Restauración.[xl]. A esto se le unen las carencias de la hacienda y la ausencia de interés en la educación de la población ya que como sabemos el régimen no necesitaba de una legitimación popular por lo que, en realidad tendió a la desmovilización social y a la legitimación del sistema desde el acatamiento del orden establecido[xli]. Así pues, la Restauración es el periodo decisivo en el cual se manifiestan las insuficiencias de programa nacionalizador de liberalismo conservador español que se pondrán de manifiesto con la crisis del 98.

 

En realidad, el fracaso de la Restauración para asumir las transformaciones del último cuarto del siglo, y del Estado y de sus elites gobernantes para satisfacer la mayor demanda de servicios sociales, debido a las peculiaridades de un sistema político basado en la desmovilización de las masas, creó una importante crisis de legitimidad del sistema, que sería el caldo de cultivo de la nueva estructura de oportunidades para el fortalecimiento de los movimientos sociales tanto obreros como republicanos, y sobre todo, de los nacionalismos periféricos. La referida crisis del edificio liberal se sustentaba en cierta medida en una crisis de representación del sistema que no podía o no quería integrar en su seno a las emergentes masas surgidas de las transformaciones del capitalismo monopolista, cuya solución se encontraba como señalara Azaña en la democracia[xlii]. Sobre la explicación de porqué la Restauración no desembocó en un régimen democrático se ha pasado de responsabilizar a las insuficiencias políticas del sistema a señalar que fue el régimen posible ante las carencias modernizadoras del país y la arcaica estructura social del mismo[xliii]. Desde luego esta continúa siendo una cuestión pendiente dado que tal y como señala Manuel Pérez Ledesma es difícil comprender como no evolucionó el sistema debido al arcaísmo social cuando durante el sexenio y en 1931 esa sociedad se movilizaba[xliv]. Esta será una crítica que se convertirá en un lugar común desde poco antes del 98. La respuesta se encuentra en la base del propio sistema fundamentado en una política de notables.

 

Pese a todo lo señalado, la Restauración no fue monolítica y creó el marco que posibilitará el surgimiento de estas cuestiones mediante medidas como la Ley de asociaciones, la libertad de cátedra, el sufragio universal, junto con la estructura de oportunidades que ofrecía el propio sistema[xlv]. Este cumulo de factores hace que surja un nuevo nacionalismo español, una especie de refundación del nacionalismo español[xlvi].

 

De este conjunto de transformaciones saldrá un nacionalismo español de nuevo cuño que se manifestará en muy diversas variantes, desde la crítica del liberalismo español que llevan a cabo los regeneracionistas que veían en Europa la posibilidad de la solución de lo que ellos interpretaban como los males de España a la apropiación - algo común a extensas zonas de Europa y de América Latina- del nacionalismo español por parte de los sectores ideológicos más reaccionarios y antidemocráticos.

 

A la altura de los años 1920-30, Borja de Riquer distingue las siguientes corrientes dentro del nacionalismo español[xlvii]:

 

- el nacionalismo de carácter tradicionalista, conservador, ultracatólico y antidemócrata.

 

- el nacionalismo unitarista, antiseparatista y agresivo, defensor de un estado fuerte y uniformizador.

- el nacionalismo de carácter democrático y liberal, reformista, civilista y laico, vinculado al republicanismo.

 

- el nacionalismo "jacobino" de la izquierda política obrera (PSOE, PCE), que era estatista, en la búsqueda de un estado fuerte que sirviese para la transformación de la sociedad, lo que significaba que todo lo que supusiese ceder poder de ese estado lo debilitaría para lo que tenía que ser su misión fundamental.

 

Estas cuatro corrientes - que por lo demás tenían la común perspectiva esencialista, cada uno a su modo, de España - rivalizarían por lograr la hegemonía dentro del nacionalismo español, en el contexto de profundos cambios socioeconómicos, la crisis del sistema de la Restauración y la oportunidad democrática abierta con la Segunda República, sobre todo desde la concepción del Estado Integral y la asunción del problema nacionalista con los estatutos de autonomía. La Guerra civil daría al traste con estas iniciativas, y el franquismo impondría la visión excluyente del nacionalismo español en lo que se ha denominado nacionalcatolicismo.

 

3.- A MODO DE CONCLUSIÓN.

 

Llegados a este punto conviene hacer balance del proceso nacionalizador español y dar cuenta de algunos puntos de debate aun no resueltos.  

 

1.- El proceso de construcción nacional español es una realidad surgida de multitud de elementos; acción del Estado, la creación de un mercado interior unificado, la escolarización obligatoria, el servicio militar, la acción administrativa, la fiscalidad, la influencia de los medios de comunicación, la literatura, unificación simbólica, etc. Lo tardío de inicio del estudio del nacionalismo español, las limitaciones teóricas y metodológicas y la escasez de los mismos, hacen que existan importantes lagunas en  el conocimiento de dicho proceso.

 

2.- Debe estudiarse el proyecto liberal español vinculándolo al proyecto nacionalizador desde la perspectiva ofrecida por el marco del Estado- nación. Con el inicio de la Revolución liberal existe una paralela nacionalización del país.

 

3.- En este trabajo se sostiene que la socialización en la nación española resultó lenta e ineficaz a lo largo del siglo XIX por las razones que hemos tratado de exponer (debilidad económica del Estado, con especial mención al crónico problema de la deuda, atraso en la creación de un mercado nacional unificado, regionalización del avance industrializador y de la red de transportes, insuficiencias en la creación de una educación obligatoria eficiente, parca unificación simbólica o precaria presencia de una historiografía diletante y escasamente presente en un mercado cultural más influido por la literatura). No compartimos, por tanto, la tesis de Andrés de Blas Guerrero[xlviii] de un nacionalismo español tardío, que se explicaría por la fortaleza del estado español del siglo XIX y la ausencia de retos en la escena internacional debido al carácter de pequeña potencia en que había quedado el país tras la pérdida de los territorios ultramarinos. En esta línea, la explicación de la aparición del nacionalismo español estaría en la eclosión de los nacionalismos periféricos, por lo que el nacionalismo español habría surgido como reacción defensiva a los mismos y como respuesta a la crisis de fin de siglo. Así pues, en cierta medida se asume la tesis de Borja de Riquer sobre la débil nacionalización - ya un lugar común a juicio de Juaristi[xlix] -, si bien debe quedar claro como sostiene Juan Sisinio Pérez Garzón[l] que no debe centrarse el análisis en aspectos culturales y simbólicos ( aunque sean los que aquí nos ocupen), sino que, además, el fundamento de la construcción del estado liberal es económico - basado en la consolidación de la propiedad privada, elemento este no sólo jurídico, sino también social en sus motivaciones y consecuencias -, y que desde esta perspectiva, y en nombre de la nación, se lleva a cabo, de ahí que en ese sentido la nacionalización, a su juicio, no sea  ni débil ni frustrada. Ahora bien, ¿la responsabilidad de la lentitud de la nacionalización debe recaer en las elites decimonónicas y no tanto de un Estado débil (que también) - como sostiene Borja de Riquer[li] -? o ¿es fruto de la debilidad del Estado y de la problemática adaptación administrativa y política a los cambios de la época como argumenta Fusi?, [lii] quien, pese a todo sostiene que a la altura de 1900 España era ya una entidad cohesionada y vertebrada, al haber superado el provincianismo decimonónico, y al hecho de que precisamente en ese momento se produjera el inicio de la introspección nacionalista de los intelectuales[liii].

 

4.- Creemos que una cosa es que las elites liberales dieran por supuesta la existencia de la nación española y que desde esa constatación actuaran y otra muy distinta es que llevaran a cabo una eficiente nacionalización, aspecto este en el que fracasan, debido, según Jover "a una autosatisfecha instalación en el presente y una nula proyección de futuro"[liv]. Esto resultará evidente en el momento en que en toda Europa se responda a los retos planteados por la modernización social mediante una integración masiva de las masas bajo el paraguas de la nación, momento preciso este en el que se produce la asunción mayoritaria de la nación como comunidad imaginada.

 

5.- Es hora entonces de enunciar la tesis que aquí se defiende: si bien la evolución política y económica de España constituye a esas alturas no ya la historia de un fracaso, sino una variante del acceso al mundo contemporáneo, en el marco mediterráneo, el proceso de nacionalización, que fue lento, en los dos primeros tercios del siglo, acusó un notorio desfase en el marco de la Restauración  (justamente cuando en el marco europeo se consolidan los nacionalismos de Estado) por las circunstancias descritas, no lográndose la construcción de una comunidad de memoria indiscutida (coincidencia sobre un pasado común, unificación simbólica) lo que llevó a la aparición de comunidades imaginadas alternativas - por lo que debemos considerar su estudio en el marco global de la construcción de los modernos Estados -nación- . Hay que tener en cuenta que a lo largo del siglo XIX la nacionalización española como tal no es cuestionada, sino que lo que hay es una alternativa, federal, a la nacionalización centralista. Con el cambio de siglo se consolidan dos procesos paralelos; el cuestionamiento del Estado- nación español desde la periferia y la dificultad de consensuar una identidad nacional española común, ante las diferencias de los distintos sectores que decían representar la nación verdadera. En lugar de constituir un lugar de encuentro común (si es que podía serlo debido a la violencia que suele acompañar a los procesos de nacionalización), la identidad nacional en España se constituiría en fuente de conflictos. Esto, coincidimos con  autores como Beramendi, Nuñez Seixas, Borja de Riquer o Juan José Carreras Ares, si que es, probablemente, una singularidad en el panorama europeo, máxime en la consideración de su importancia a lo largo del siglo XX, sobre todo cuando en la crisis del liberalismo clásico, se impusieron en España las soluciones dictatoriales (Primo de Rivera y Franco) que contribuyeron enormemente, sobre todo la segunda, a una particular concepción de España como nación, la nacionalcatólica, con la que, tomando la parte por el todo se ha acabado identificando socialmente la nación. No se trata de creer que exista un modelo de nacionalización - si esto ocurre suele hacerse con Francia - frente al cual el caso español seria precario  e ineficaz, pero no por ello debemos prescindir de situar el caso español en el marco europeo y en su propia dimensión.



[i]               Tal y como hace Carlos Dardé en La idea de España en la historiografía española del siglo XX. Santander, Universidad de Cantabria, 1999.

[ii]              El concepto de “país normal” ha sido acuñado por Fusi y Palafox en su obra España 1808-1996: el desafío de la modernidad, Espasa Calpe, 1997. El propio Fusi  ha aclarado en diferentes ocasiones que la definición de España como país normal pretende abandonar toda perspectiva metafísica sobre el pasado español y situarlo en las coordenadas europeas, pero sin olvidar los aspectos singulares a que hubiera lugar.

[iii]              Idea que es elaborada, para legitimar el proceso, por la propia historiografía liberal del XIX y tomada de ella por Marx como muestra Hobsbawm en Los ecos de la Marsellesa. Barcelona, Crítica, 1992.

[iv]              Para un balance de los debates sobre estas cuestiones ver Antonio Fernández García; “Introducción” en Antonio Fernández (coord.) Los fundamentos de la España liberal (1834-1900). La sociedad, la economía, las formas de vida, en Historia de España Menéndez Pidal dirigida por José Mª Jover Zamora, Vol. XXXIII, Espasa- Calpe, 1997; María Esther Martínez Quinteiro  “ Del Antiguo Régimen al Régimen liberal. En torno al supuesto del “fracaso” de la Revolución liberal” en  Antonio Morales Moya y Mariano Esteban de Vega (Eds.); La historia contemporánea en España, Universidad de Salamanca, 1992, pp. 93-102; Pedro Ruiz Torres; “Del Antiguo al Nuevo Régimen: carácter de una transformación” en AA.VV; Antiguo Régimen y Liberalismo. Homenaje a Miguel Artola. 1. Visiones Generales. Alianza Editorial, 1994, pp. 159-192. Jesús Cruz; Los notables de Madrid. Las bases sociales de la revolución liberal española. Alianza Editorial, 2000.

[v]              Carreras Ares, Juan José; “De la compañía a la soledad. El entorno europeo de los nacionalismos peninsulares” en Forcadell, C. (ed.); Nacionalismo e Historia. Zaragoza, Inst. Fernando el Católico, 1998, pp.7-27, pp.26-27.

[vi]              Una aproximación a los estudios sobre el nacionalismo en España en Justo G. Beramendi;  “La historiografía de los nacionalismos en España”, en Historia Contemporánea, nº 7, 1992, pp.135-154.

[vii]             “Momento fundador” lo denomina Javier Varela en La novela de España. Madrid, Taurus, 1999, pp.20.

[viii]            Pérez Garzón, Juan Sisinio; “El debate nacional en España: Ataduras y ataderos del romanticismo medievalizante” en Gay Armenteros, Juan C. (ed.); “Italia - España. Viejos y nuevos problemas históricos”. Ayer 36.1999, pp. 159-176.

[ix]              No ha sido el caso de La Real Academia de la Historia que en dos recientes compilaciones de artículos se ha planteado el estudio del problema de España como nación desde el mantenimiento de perspectivas esencialistas que buscan una incontrovertible realidad nacional en los visigodos, la Edad Media o los Reyes Católicos, según los casos. Ver Reflexiones sobre el ser de España, 1999 y España como nación, 2000.

[x]              Algunas reflexiones al respecto se pueden encontrar en Borja de Riquer, “Estado y Nacionalismos en la España Contemporánea”, en AA.VV; Fronteras y fronterizos en la historia. Valladolid, Instituto Universitario de Historia de Simancas, Universidad de Valladolid, 1997, pp.147-176.

[xi]              Las consideraciones sobre el origen de la identidad nacional en España son muy numerosas. Desde la actual coyuntura española se han ofrecido análisis desde todos los puntos de vista, desde las esencialistas de la Real Academia de la Historia a las tesis de J.P.Fusi en España. La evolución de la identidad nacional. Madrid, Espasa-Calpe, 2000, las de Javier Tusell; España una angustia nacional. Madrid, Espasa- Calpe, 1999 o las más recientes de Antonio Domínguez Ortiz; España: Tres milenios de historia. Madrid, Siglo XXI, 2000. Nos parecen especialmente relevantes de cara a la distinción, capital en este estudio, entre identidad colectiva e identidad nacional las reflexiones que ofrece José Álvarez Junco; “Identidad heredada y construcción heredada. Algunas propuestas sobre el caso español, del Antiguo Régimen a la Revolución liberal”. Historia y política, núm. 2, 1999, pp.123-146. La más reciente aportación es la realizada por Álvarez Junco; Mater Dolorosa. Madrid, Taurus, 2001.

[xii]             En este sentido no nos convence la utilización del concepto de protonacionalismo por las implicaciones lineales que presenta, como si el punto de llegada necesario fuera la nación, cuando a lo largo del siglo XVIII distaba de ser así. Suele, por lo demás, utilizarse este concepto para proyectar la idea de una nación si no plenamente constituida, si al menos pre-configurada desde la Edad Media, en la que ya se reconocerían algunos de sus caracteres. Obsérvese que desde esta posición se acepta la existencia de algunos elementos objetivos como parte de las naciones. Para el concepto de protonacionalismo ver Maravall, J.A; El concepto de España en la Edad Media. Madrid. Centro de Estudios Constitucionales, 3ªed., 1981.

[xiii]            Si bien en España no se ha producido el fenómeno denominado “nacionalismo de los nacionalistas”, es decir, no han existido partidos nacionalistas españoles propiamente dichos, sino que el nacionalismo se ha

                encontrado presente, en sus diferentes formulaciones en los partidos políticos. Ver Taguieff, Pierre-André; “El nacionalismo de los nacionalistas. Un problema para la historia de las ideas en Francia” en Delannoi, G y Taguieff, P.A (comp.); op.cit. pp.63-180.

[xiv]            Tal y como a puesto de manifiesto J. Álvarez Junco en “ El nacionalismo español como mito movilizador. Cuatro guerras”, pp.41,  en  Pérez Ledesma, M y Cruz, Rafael (eds.); Cultura y movilización en la España  contemporánea. Madrid, Alianza editorial, 1997.Pp.35-67.

[xv]             Nuñez Seixas, X.R; “Historia e actualidade dos nacionalismos na España contemporánea: unha perspectiva de conxunto”; Grial, 1995, pp. 494-507.  pp. 401-507

[xvi]              Debe quedar claro que el nacionalismo no es el principal elemento explicativo de dicha guerra y que, por el contrario, la interpretación de la misma en clave nacionalista no es sino un mito del nacionalismo liberal español, expresado en clave romántica en el que el heroico pueblo español se defiende del cruel invasor francés. Este mito ha hecho fortuna y  como tal ha sido transmitido a generaciones enteras de españoles.

[xvii]            Álvarez Junco, J “ art.cit”, pp.42,  en  Pérez Ledesma, M y Cruz, Rafael (eds.); op.cit.

[xviii]           Álvarez Junco, J; Ídem.  pp.41.

[xix]            Riquer, B. De; “El surgimiento de las nuevas identidades contemporáneas: propuestas para una discusión” pp.21-52, en Ana M.ª García Rovira (ed.); op.cit. pp.32-33.

 

[xx]             Millán, Jesús; op.cit. Este es un problema no resuelto y en el que se dan importantes tensiones analíticas sobre el proceso de sustitución del Antiguo Régimen; el protagonismo del proceso, además del cuestionamiento de las categorías y teorías desde las cuales se había explicado tradicionalmente el fenómeno. Vid bibliografía nota 87. Para la configuración y evolución de las elites en el s. XIX vid. el monográfico de la revista Historia Contemporánea “Las elites en la España Contemporánea”, nº 8, 1992. Universidad del País Vasco y el artículo de Juan Pro “Las elites de la España Liberal: clases y redes en la definición del espacio social (1808-1931)”, Historia Social, nº 21, pp.47-69.

[xxi]            El liberalismo nunca lo conseguirá plenamente y la Iglesia será uno de los factores de deslegitimación de todos los regímenes políticos contemporáneos en España con la excepción del franquismo. Una evidente oposición al Estado liberal por parte del integrismo católico- la iglesia- y los sectores más conservadores que crearían en la Restauración el partido integrista y también por parte del carlismo.

[xxii]            Fusi, J.P; op.cit. pp.175.

[xxiii]           Ver Morales Moya, Antonio; “Los orígenes de la Administración Pública contemporánea” en Morales Moya, A y Esteban de Vega (eds.); op.cit. pp.53-72.

[xxiv]           Sobre el ejercito decimonónico español ver  los clásicos estudios de Cardona, G; El poder militar en la España contemporánea hasta la guerra civil. Madrid, Siglo XXI, 1981 y Christiansen, E; Los orígenes del poder militar en España (1800-1854). Madrid, Aguilar, 1973.

[xxv]            Riquer, B. De; art.cit, pp.33.

[xxvi]             Fusi en España... pp.165 señala que  “La España del siglo XIX fue un país de centralismo oficial, pero de localismo real. Pese a las tendencias nacionalizadoras que inspiraron la creación del Estado español moderno, la fragmentación económica y geográfica del país siguió siendo considerable hasta que las transformaciones sociales y técnicas terminaron por crear un sistema nacional cohesivo, lo que no culminó hasta las primeras décadas del siglo XX” y C.P.Boyd en Historia patria. Política, historia e identidad nacional en España: 1875-1975. Barcelona, Ediciones Pomares Corredor, 2000,  p. 19  que “pese a los clichés de la centralización española y la hegemonía cultural de las clases dominantes, el históricamente débil Estado español no podía ni proporcionar el suficiente número de escuelas públicas ni imponer de modo efectivo unas normas uniformes sobre sus escuelas y profesores...”.

[xxvii]          Al respecto es excelente el estudio de  Carlos Serrano El nacimiento de Carmen. Símbolos, mitos y nación. Madrid, Taurus,1999.

[xxviii]          Durante la década de los sesenta se lleva a cabo la “política de prestigio” de O´Donell con las intervenciones en Conchinchina, México, República Dominicana, Callao y sobre todo en Marruecos. Si bien en el ámbito de la presencia internacional de España no suponen ninguna modificación en su status internacional, son importantes desde el punto de vista nacionalista ya que sirven para la redefinición de la nación, que va a ser predominante a partir de ese momento, en términos esencialistas y desde la superioridad de la raza y civilización españoles respecto a los pueblos primitivos, muy en el espíritu de la época. Los mitos progresistas de la nación ceden protagonismo a los creados por los sectores conservadores y la Iglesia como la relación que se establece la Guerra de Marruecos y la Reconquista. Para un amplio estudio de estos aspectos ver Vilar, J.B (ed.); Las relaciones internacionales en la España contemporánea. Murcia, Universidad de Murcia, 1989.

[xxix]           Riquer, B; art.cit. pp.10.

[xxx]            Como pone de manifiesto Fusi  la descentralización política era, más que una cuestión de sensibilidad regional e histórica, la manifestación más acabada de democracia, con la excepción de Valentí Almirall.. Ver España..., pp.178.

[xxxi]           Una buena síntesis al respecto, Suárez Cortina, Manuel; “La Restauración (1875-1900) y el fin del Imperio Colonial. Un balance historiográfico”, en Suárez Cortina, M (ed.); La Restauración, entre el liberalismo y la democracia. Madrid, Alianza, 1997, pp.31-107. En lo que sigue nos basamos en este riguroso estudio, necesario punto de partida en las referencias a la Restauración.

[xxxii]          Ver José María Marco; La libertad traicionada. Barcelona, Planeta, 1997.

[xxxiii]          En el caso del conservadurismo español se encuentra una síntesis global, desde una perspectiva amable con el mismo, en el estudio de Carlos Seco Serrano, Historia del conservadurismo español.  Madrid, Temas de Hoy, 1999.

[xxxiv]          Varela Ortega, J; “La España política de fin de siglo” pp.43-77. en  AA.VV; “1898: ¿Desastre nacional o impulso modernizador?” Revista de Occidente, nº 202-203, Marzo 1998, pp.53.

[xxxv]          Esta expresión se encuentra en la obra homónima de José Varela Ortega, Los amigos políticos. Madrid. Alianza editorial, 1975.

[xxxvi]          Esta concepción corresponde al tipo de liberalismo español del momento, particularmente el de Cánovas, quien no concibe la soberanía nacional como un contrato sino que esta es fruto de la historia (Manifiesto de Sandhurst). Precisamente las dos instituciones históricas de la nación española son las Cortes y la Monarquía, de ahí que en el texto constitucional de 1876 la compartan. Esta formulación cabe remontarla cuando menos a Jovellanos. Vid. Carmen López Alonso; “El pensamiento conservador español en el siglo XIX” en Fernando Vallespín (ed); Historia de la Teoría Política, vol. 5, Alianza editorial, 1993, pp.273-314.

[xxxvii]         Según Isabel Burdiel (art.cit.pp.202) una de las peculiaridades de la Revolución liberal española consiste, al contrario de lo que se había creído, en la pérdida de poder político y económico de la vieja aristocracia, al contrario de lo que ocurre en Europa. Vid. Al respecto la influyente obra de Arnold J. Mayer; La persistencia del Antiguo Régimen. Madrid, Altaya, 1997.

[xxxviii]        Un buen ejemplo de las ideas sobre la nación de Cánovas, que veremos detalladamente en el próximo capítulo, se encuentran en el Discurso sobre la nación. Inauguración del curso del Ateneo de Madrid, noviembre de 1882. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. En este discurso Cánovas concibe la nación como una realidad natural, divina no sujeta ni a las obras ni a las decisiones de los hombres, en abierta discusión con el opúsculo de Renan ¿ Qué es una nación?. Además liga la grandeza de las mismas a la misión civilizadora del cristianismo que en esa época no irá ya tanto a evangelizar como a civilizar y transmitir la superior cultura europea y cristiana. En un puro darwinismo, en la línea que en 1898 tomará Lord Salisbury, Cánovas se refiere al ascenso de unas naciones y a la decadencia de otras, las menos aptas. Desde esta perspectiva se comprenderá mejor el impacto de la derrota de España ante EEUU.

[xxxix]          Un ejemplo significativo es el referido a la unificación simbólica...Bandera, Himno, Zarzuelas...Vid. Serrano, Carlos;op.cit.

[xl]                Boyd, C.P; op.cit. pp. 52.

[xli]             Se invertían a la altura de 1898 12 pesetas por niño mientras que la cifra ascendía a 52 en Francia, 44 en Italia o 26 en países como Grecia Y Bulgaria. Por otra parte el presupuesto de educación era equivalente al del sostenimiento del clero. El 50% del mismo se destinaba al Ministerio de Guerra. A la altura de la segunda década del siglo XX poco más del 50% de los niños de 6 a 12 años estaban escolarizados y hacían falta más de 9000 aulas para bajar a 50 el número de alumnos por profesor. Estos datos se encuentran en Boyd, C; op.cit. pp29. También puede verse de la misma autora el artículo “ Madre España: Libros de texto patrióticos y socialización política, 1900-1950”, en Historia y política, núm. 1, abril 1999, pp.49-70. Hasta después de la Primera guerra Mundial no se intenta una política seria de inversión educativa y de socialización en la nación, en cierta medida como respuesta  a los desafíos plantados por el nuevo siglo.

[xlii]            Azaña, Manuel; Todavía el 98. Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.

[xliii]            Varela Ortega, J; art.cit, pp. 54.

[xliv]            Pérez Ledesma, Manuel; “ Restauración, liberalismo y democracia” pp. 3-7, Revista de Libros. Octubre, 1998, nº 22. Pp.6.

[xlv]            Hay un debate abierto sobre la valoración de estos procesos y su impacto a medio plazo y sobre si, en frase de Carr el golpe de Primo de Rivera “estranguló a un recién nacido”. Coincide con esta consideración Varela Ortega en el artículo citado. Por lo demás, en diferentes escritos autores como Tusell o Teresa Carnero, desde posiciones distintas, critican esta idea por cuanto no creen que la evolución final de la Restauración llevase a la democracia, sino que era incapaz de evolucionar hacia ella.

[xlvi]            De Blas Guerrero, A, op.cit, pp. 147.

[xlvii]           De Riquer, Borja; op.cit. pp.21.

[xlviii]          Blas Guerrero, Andrés de; Sobre el nacionalismo español. Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1989 pp.13-16.

[xlix]            Juaristi, J; “La invención de la nación. Pequeña historia de un género”. Claves de Razón Práctica, nº. , 1997.

[l]               Pérez Garzón, Juan Sisinio; " La nación, sujeto y objeto del Estado liberal español". Leviatán nº 75, 1999.

[li]              Riquer i Permanyer, Borja de; “Sobre el lugar de los nacionalismos- Regionalismos en la Historia Contemporánea española”. Historia Social, nº 7, 1990, pp.105-126. Pp.120.

[lii]              Fusi, Juan Pablo; “Revisionismo crítico e historia nacionalista (A propósito de un artículo de Borja de Riquer)”. Historia Social, nº 7, 1990, pp.127-134. Pág. 133. También “El estado español en el fin de siglo ¿era normal en relación con Europa?”, en Juliá, Santos; Debates... .

[liii]             Ídem, pp.132.

[liv]             Jover Zamora, José María; “Centralismo y nacionalismo. Sobre la idea de España en la época de los nacionalismos europeos”, en La España Isabelina y el Sexenio Democrático ( 1834-1874), volumen XXXIV de la Historia de España, Madrid, Espasa- Calpe, 1981, páginas LXXVIII- CV.