La primera de las etapas mencionadas será la de su formación al lado de figuras institucionistas de renombre como Giner, su gran maestro, Cossío o Azcárate y la del inicio de su labor científica con la elaboración de su tesis Historia de la Propiedad comunal – dirigida por Azcárate-, la publicación de La enseñanza de la Historia, Psicología del Pueblo Español, Cuestiones Modernas de Historia, Historia de España y de la Civilización española entre las más significativas. En este periodo es cuando el pensamiento de Altamira adquiere paulatinamente su fisonomía definitiva. Tras la guerra su incesante labor pública le alejará un tanto de la elaboración historiográfica centrada más bien en la reelaboración y profundización de las cuestiones ya planteadas en el periodo anterior.
Altamira se forma en la tradición de una historiografía liberal- democrática heredera de la revolución de 1868 cuya aportación va a resultar trascendente en la fijación de usos teóricos y metodológicos a la hora de hacer historia y en la consolidación de la identificación de Castilla con España. Estos autores (Menéndez Pidal, Hinojosa, Pijoán, Cossío, el propio Altamira y posteriormente Sánchez Albornoz o Américo Castro) desarrollarán su labor en la Institución Libre de Enseñanza y las instituciones relacionadas con ella como la Junta de Ampliación de Estudios, el Museo Pedagógico, el Instituto Escuela, la Sección de Ciencias históricas del Ateneo, especialmente a partir de 1895, y desde su fundación en 1910, en el Centro de Estudios Históricos.[iii]
Mediante la relación entre krausismo y positivismo (krausopositivismo según lo definió Adolfo Posada) como forma de conocimiento, los institucionistas intentaron fundamentar científicamente la idea de España como nación, al igual que pretendía conservadurismo, con la diferencia de que los liberal - demócratas quisieron la incorporación de las masas populares a una idea de España que se pretendía mostrar como objetiva y por tanto, válida para el consenso[iv]. En esto coincidían con literatos como Galdós o Valera y políticos y estudiosos como Salmerón, Giner o Azcárate[v]. A través de la ligazón entre pasado y presente buscaron en la cultura, las instituciones, las tradiciones o la lengua la manifestación del incontrovertible carácter español. Aunque se trate de autores situados en las antípodas ideológicas, metodológicas o teóricas, siempre aparece en una u otra forma la concepción organicista, romántica, de la nación, con lo que definitivamente, la idea de nación basada en el contrato social había dado paso, de manera transversal a cualquier ideología, a la consideración culturalista.
Claro está que el rigor metodológico, el análisis de fuentes, la dedicación al estudio de la historia de estos autores, les convierten en la gran referencia hasta nuestros días de la historiografía liberal. De hecho esta preocupación por el rigor científico era la nota más característica en por lo demás heterogéneo grupo en el que, en este sentido, se podría incluir al Menéndez Pelayo erudito, no al acerado polemista, sobre todo merced a las estrechas relaciones que tuvo con autores como Altamira o Menéndez Pidal. Ahora bien, junto a ese afán por el rigor científico en sentido positivista se daba una veta metafísica sobre el ser de España. En realidad, el rigor científico suponía un intento de legitimar la idea romántica de la nación, máxime en el contexto intelectual de fin de siglo que marca profundamente a estos autores.
El 98, fecha con la que han acabado por identificarse unos procesos más amplios que la mera debacle colonial, debe inscribirse en el más amplio marco de crisis del liberalismo decimonónico - y en este sentido supone una crisis de modernidad - que se produce en toda Europa debido a las dificultades de adaptación a las nuevas realidades surgidas de la generalización del proceso industrializador y que afectan a todos los ámbitos de la vida política en los ámbitos nacional, internacional (rivalidades internacionales)[vi], social y cultural de las sociedades europeas. La necesidad de una mayor integración de las masas en la vida política lleva al cuestionamiento de los valores del liberalismo y, por tanto, a la sustitución de una visión de la sociedad sustentada en la atomización de los individuos que es relevada por esa aparición de las masas en la política - y el consecuente cambio en el análisis de los científicos sociales con la generalización de categorías como masa, pueblo, clase, raza, etc.-; la transformación de los cauces de representación política[vii]; la influencia del positivismo al que se añaden filosofías vitalistas en un cambio de paradigmas intelectuales (cientifismo naturalista, darwinismo, sociología de Spencer, crisis paralela del racionalismo liberal) en una especie de crisis de la conciencia europea fin de siecle.
Esta crisis de conciencia europea que se fundamenta, a juicio de Álvarez Junco, en una sensación de pérdida del mundo, de las prácticas sociales conocidas, unido todo ello a la idea de degeneración que se iba extendiendo entre la población culta de Europa, sobre todo gracias a la influencia de la obra, de ese título, de Max Nordau. Estas pérdidas se concretan en;
1.- Perdida de sentido del orden. La confusión crece en un mundo caracterizado por la creciente urbanización, cierto interclasismo, la socialización cada vez mayor de los espacios públicos.
2.- Perdida de salud. Las clases altas ven las condiciones personales de existencia de los obreros con los que ahora comparten espacios ciudadanos.
3.- Perdida de identidad, de ahí la necesidad de sacralizar la nación como forma básica de identificación colectiva.
4.- La pérdida, por último, como colofón de lo anterior y relacionada con las rivalidades coloniales, de civilización[viii]. De hecho en este punto deben situarse los problemas de adaptación de las sociedades europeas a las nuevas realidades que inauguran un convulso y turbulento periodo - medio siglo- de conflictividad, con dos guerras mundiales en la primera mitad del siglo XX, en las que se ensayan respuestas de todo tipo, desde la adaptación del liberalismo a la democracia, la alternativa revolucionaria, la dictadura conservadora o los fascismos.
España sufre estos procesos, aunque debemos diferenciarlos de la cuestión del 98 que fue más un problema de crisis intelectual que es común, según se ha visto, al resto de las sociedades europeas y que es percibido como típicamente español debido a la impronta del regeneracionismo, máxime cuando hacía tiempo que España había perdido el grueso de su imperio colonial sin que eso hubiese supuesto ninguna introspección semejante a la que se iba a producir en el ámbito intelectual desde finales del siglo XIX. Este conjunto de elementos condiciona los distintos proyectos nacionalizadores, y desde luego, va a configurar definitivamente algunos aspectos de la idea de nación (organicismo, naturalismo, esencialismo, historicismo) que van a ser transversales, con matices, a las diferentes ideologías. Precisamente en este punto encontramos la característica común de esa introspección que supuso el regeneracionismo. A partir de una idea de nación intemporal, mezclada con el darwinismo ambiental y la misión civilizadora de las naciones europeas, la derrota ante EEUU sólo podía significar la decadencia de la patria, la constatación de que España, para decirlo con la terminología de Lord Salisbury era una nación moribunda.
Los intelectuales españoles, ya autodenominados de esa manera, convertidos en minoría pensante, pretenden resucitar la nación al modo en que se había levantado Francia tras Sedán. Los paralelismos con Francia fueron frecuentes, de ahí la certidumbre de que al igual que en el país vecino, España se elevaría sobre sus cenizas, con lo que, en realidad, el desastre colonial no era más que el detonante de la mencionada revitalización nacional. La frustración llegaría al vislumbrar que en España no ocurría nada parecido[ix].
Así las cosas, se propusieron analizar los males de la patria, según el título de una conocida obra regeneracionista de Lucas Mallada, y aportar soluciones que permitiesen salir a España de esa situación. Los regeneracionistas,[x] no podía denominarse de otra forma a autores como Joaquín Costa, Ganivet, Unamuno, Macías Picavea, Isern, Azcárate, Giner de los Ríos, Blasco Ibáñez o Maeztu, compartían, pese a las propias peculiaridades, una visión pesimista de la situación de España. A partir de aquí, la postura adoptada varió desde el lamento jeremiaco y metafísico sobre las supuestas insuficiencias de España, a la arrogación de la misión salvadora de la patria, sea aportando soluciones radicales como el “cirujano de hierro” de Costa[xi], o la fe en las posibilidades de la educación para la regeneración de un pueblo sin pulso para su redención[xii]. El campo predilecto para la búsqueda de los problemas de la nación fue la historia. En ella cabía encontrar argumentos que justificaran las crisis de conciencia que se estaba viviendo. La falta de vigor germánico de los visigodos, la intolerancia de la Inquisición, la falta de provecho de las riquezas del nuevo mundo, la decadencia de la raza latina - idea de gran influencia merced a la obra de Edmond Demolins; À quoi tient la supériorité des Anglo-saxons-, el gobierno de dinastías extranjeras, la decadencia de las Cortes, la holgazanería consustancial al español, la falta de vigor de un pueblo en el que apenas se confiaba tras el fracaso de 1868, son los temas recurrentes de un momento en el que, en palabras de Santos Juliá, "se consumó el relato de la historia de España como tragedia"[xiii].
De la exaltación de las glorias patrias, de las autosatisfechas respuestas que durante siglo y medio se habían dado a la célebre pregunta de Masson de Morvilliers,[xiv] desde los ilustrados a Menéndez Pelayo, pasando por los Modesto Lafuente, Eduardo Chao y demás autores, se llegaba al autoconvencimiento de la decrepitud hispana. Situación esta que en una generación marcadamente castellanófila se acrecentaba al recorrer los míseros pueblos de Castilla, constatar la dureza del clima o ver la pobreza del suelo. Esa España debía ser salvada por los intelectuales[xv]. En el fondo se trata de encontrar nuevas respuestas a la pregunta del francés y salvo algunas excepciones de autores como Valera, Clarín o el propio Altamira, y de las primeras etapas de otros como Unamuno, la postura adoptada fue un retrógrado casticismo esencialista sobre el ser de España. Años después, harto de la murga sobre el tema, exclamará con razón Azaña: “¡Todavía el 98!”. Pensaba el que sería Presidente de la República, que eran necesarios más democracia y justicia social y menos lamentos metafísicos. En todo caso, en este clima intelectual, se generan algunos de los elementos de autopercepción simbólica que han tenido los españoles a lo largo del siglo XX.
El mito de la revolución liberal es sustituido por el de una regeneración, que vendrá de una catarsis moral del pueblo español lograda mediante la educación, a la manera que habían propuesto para Francia, Renan y Taine. Ya no es el pueblo idealizado quien encabeza una revolución en busca de su libertad, sino un pueblo anémico, menor de edad, carente de vigor, que debe ser estimulado convenientemente con el objeto de lograr que recobre un impulso que nunca debió perder.
Precisamente Altamira, a quien cabe considerar plenamente inserto en la generación del 98[xvi] - prescindiendo aquí de los debates sobre tal denominación -, pronuncia un discurso, La Universidad y el patriotismo, en la inauguración del curso académico 1898- 99 de la Universidad de Oviedo en el que se recogen algunas de las cuestiones fundamentales de su pensamiento que luego incluirá, junto con otros artículos, en el célebre escrito regeneracionista Psicología del pueblo Español[xvii]. En él Altamira establece las condiciones necesarias para la regeneración nacional:
"[...]Es para mí cosa evidente que entre las condiciones esenciales de nuestra regeneración nacional, figuran como ineludibles estas dos: 1º Restaurar el crédito de nuestra historia, con el fin de devolver al pueblo español la fe en sus cualidades nativas y en su aptitud para la vida civilizada, y de aprovechar todos los elementos útiles que ofrecen nuestra ciencia y nuestra conducta de otros tiempos. 2º Evitar discretamente que esto pueda llevarnos a una resurrección de las formas pasadas, a un retroceso arqueológico, debiendo realizar nuestra reforma en el sentido de la civilización moderna, a cuyo contacto se vivifique y depure el genio nacional, y se prosiga, conforme a la modalidad de la época, la obra sustancial de nuestra raza [...]".
Puede verse como Altamira, a diferencia de la mayor parte de los regeneracionistas, tiene confianza en el pueblo español. Confianza adquirida a través de la influencia del ideal krausista en las posibilidades de mejora del individuo merced al conocimiento. El saber relevante por excelencia para la consecución de este objetivo era la historia. Altamira considera que el pueblo debe ser consciente de su historia, porque en ella se ha fraguado su ser. A desentrañar la esencia espiritual del pueblo español dedicará gran parte de su obra concebida como un imperativo patriótico. Así, en el prólogo de Psicología del pueblo español, plantea[xviii]:
[...] Lo que yo soñaba era nuestra regeneración interior, la corrección de nuestras faltas, el esfuerzo vigoroso que había de sacarnos de la honda decadencia nacional, vista y acusada, hacía ya tiempo, por muchos de nuestros pensadores y políticos, negada por los patrioteros y egoístas, y puesta de relieve al pueblo todo, con la elocuencia de las lecciones que da la adversidad, a la luz de los incendios de Cavite y de los fogonazos y explosiones de Santiago de Cuba [...].
Esto puede parecer una metafísica más, sin embargo en Altamira, se suscita el intento de estudiar un espíritu nacional de raigambre romántica, visto desde el organicismo krausista, y por tanto, idealista, pero desde las coordenadas del cientifismo positivista, es decir, intentando demostrar la verdad objetiva de sus afirmaciones.
Desde hace ya algunos años se reconoce a Altamira la influencia en la transformación de la Historia de España y el cuestionamiento de la historia episódica además, original en España, de la concepción de una historia total a partir del organicismo krausista.[xix] Igualmente, se está procediendo a recuperar la historiografía liberal, arrumbada en el franquismo, entre otras razones porque configuró algunas de las grandes interpretaciones históricas que se han transmitido a generaciones de españoles y por tanto, de historiadores, además de contribuir a crear gran parte del habitus profesional del gremio[xx], en una línea que se vería dramáticamente interrumpida por la guerra civil. Esto es paradigmático en el caso de Altamira alguna de cuyas obras mantiene vigencia en numerosos aspectos como es el caso de La Enseñanza de la Historia.
No cabe deslindar la faceta historiográfica de Altamira de su pensamiento general, de los ideales educativo, pacifista y patriótico, aspectos que deben ser considerados como un todo en el que la historia será un instrumento para el logro de estos objetivos. Altamira pretendía un proyecto político, o renacimiento ideal como lo denominó en su correspondencia con Costa[xxi], que llevase a cabo la modernización política (elecciones libres, sufragio universal, tolerancia, laicidad del Estado) y económica del país y, sobre todo, la concordia entre los pueblos.
NOTAS
[i] Vid. Ideario Pedagógico. Madrid, Ed. Reus, 1923.
[ii] Tal y como destaca el principal conocedor de la vida y obra de Altamira, Rafael Asín Vergara, en el "Estudio preliminar" de La enseñanza de la historia, Madrid, Akal, 1997. Pp.14.
[iii] Sobre la Institución libre de enseñanza, la presencia de los institucionistas en el Ateneo o el Centro de Estudios Históricos, vid. Francisco Villacorta Baños; Burguesía y cultura. Los intelectuales españoles en la sociedad liberal, 1808-1931. Madrid, Siglo XXI, 1980.
[iv] Vid. Alfonso Ortí; " Regeneracionismo e historiografía: El mito del carácter nacional en la obra de Rafael Altamira", pp.275- 351. En Alberola, Armando, ed; Estudios sobre la obra de Rafael Altamira. Alicante, Instituto de estudios Juan Gil Albert, 1997.
[v] Pérez Garzón, J.S; La gestión de la memoria, en AA.VV; op.cit. pp.96.
[vi] Sobre los 98 en el ámbito internacional resulta imprescindible el estudio de J.Mª Jover “1898. Teoría y práctica de la redistribución colonial” en Santos Juliá (coord.); Debates en torno al 98: Estado, sociedad y política. Comunidad de Madrid. Consejería de Educación y Cultura, 1998. Pp.13-57.
[vii] Lo que Francisco Villacorta Baños denomina como “Transformaciones en los procesos de mediación social”, en “Fin de siglo: Crisis del liberalismo y nuevos procesos de mediación social”, pp.131-148, en AA.VV; “1898: ¿Desastre nacional... ”.
[viii] Álvarez Junco, J; Art.cit. pp.85-86.
[ix] Estos aspectos fueron puestos de manifiesto por Vicente Cacho Viu en “Francia 1870- España 1898” en 1898: ¿ Desastre nacional...”.pp.9-42.
[x] Término generalizado a partir de la influencia de la obra Degeneración (1895) del citado Max Nordau. Vid Tuñón de Lara, Manuel; España: la quiebra de 1898. Madrid, Sarpe, 1986. Pp.62.
[xi] Que tiene como antecedente teórico las consideraciones de Altamira plasmadas en El problema de la dictadura tutelar en la historia. Partiendo de la base elitista propia de la época Altamira justificaba el dominio de los pueblos más civilizados sobre los menos avanzados. Además justificaba la necesidad de la dictadura en determinados casos la falta de civilización o en épocas de degeneración, de crisis.
[xii] Las valoraciones sobre la importancia del regeneracionismo han sido diversas. Se encuentran presentes ya en autores como Valera, Clarín o Azaña quien en “Todavía el 98”, señala, con mordacidad, que el dolor por España no debía ser mera retórica o esconder una crítica del parlamentarismo en general, sino que, por el contrario, debía profundizarse en la democracia. Hay polémicas interpretaciones como la conocida caracterización de Tierno Galván del regeneracionismo como pre-fascista (Costa y el regeneracionismo, 1961); Igualmente se ha considerado el papel del regeneracionismo en la deslegitimación de la Restauración, lo que habría supuesto la imposibilidad de su evolución hacia la democracia, tesis, más que discutible, de J.Mª Marco en la ya citada La libertad traicionada. Crítica acerada se ha dado a raíz del centenario, especialmente en los artículos de Santos Juliá poniendo de manifiesto las insuficiencias de estos intelectuales para entender la crisis del liberalismo clásico. Vid. “Anomalía, dolor y fracaso de España”. Claves nº1996 o en “Retóricas de muerte y resurrección: los intelectuales en la crisis de conciencia nacional” pp. 159- 174 en Juliá, Santos, (ed.); Debates en torno al 98: Estado, Sociedad y Política. Madrid, Comunidad de Madrid, 1998 Muy critico también Javier Varela en la ya citada La novela de España.
[xiii] Juliá, Santos, “Retóricas de muerte....”. Pp.168.
[xiv] Quien en la Enciclopedia preguntaba y respondía;” ¿ Qué le debe la civilización a España?. Nada”.
[xv] En el artículo arriba reseñado Santos Juliá llega a proclamar la ruptura de estos autores con la tradición liberal decimonónica. Pp.174. Coincide en esto con Tuñón de Lara; op.cit. pp.65.
[xvi] Su discípulo J. Malagón consideró que fue el historiador de la generación del 98. Vid “La historia de España de D. Rafael”, en Malagón, J y Zabala, S; Rafael Altamira y Crevea ( El historiador y el hombre). México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1971.
[xvii] Publicado bajo el título Necesidad de modernizarnos en la Revista La España Moderna. Oviedo, Adolfo Embrid, ED.,1899. Junto con El problema actual del patriotismo y La psicología del pueblo español constituyen el libro titulado Psicología del pueblo español. Las alternativas al academicismo conservador vinieron de lugares periféricos como el grupo constituido en la Universidad de Oviedo.
[xviii] Altamira, R; Psicología del pueblo español. Madrid, Biblioteca Nueva, 1998. pp. 17.
[xix] Tuñón de Lara, M; op.cit. pp.92. Fontana., J; " El concepto de historia y de enseñanza de la historia de Rafael Altamira" pp.415-423 en Alberola, Armando, ed.; Estudios sobre Rafael Altamira. Alicante, Instituto de Estudios Juan Gil Albert, 1997, pp.331-332. Pasamar, G, Peiró, I; Historiografía... op.cit.
[xx] Es el caso de la línea de investigación seguida desde la Universidad de Zaragoza por Ignacio Peiró y Gonzalo Pasamar en obras como Historiografía y práctica social en España, Los guardianes de la Historia y La Escuela Superior de Diplomática. .Más critico resulta José Manuel Cuenca Toribio en "La historiografía
sobre la Edad Contemporánea" pp. 183- 296 en Gallego, J.A. (Coord.); Historia de la historiografía Española. Madrid, Ediciones Encuentro, 1999. En esta colaboración este autor se muestra muy crítico con los intentos que, según él, se llevaron a cabo para convertir a Altamira en el santo y guía de la historiografía democrática tras el franquismo. Además se despacha con las siguientes consideraciones sobre el autor alicantino: "texto denso amazacotado, los hechos no están expuestos con relieve y perspectiva. No se da el estado actual de las cuestiones. El estilo poco fluido y la falta casi total de ilustraciones contribuyen a hacer poco grata su lectura" Le concede el rango de precursor. Pp.189.
[xxi] Vid. Cheyne, J.G; El Renacimiento ideal: epistolario de Joaquín costa y Rafael Altamira ( 1888-1911). Alicante, Juan Gil Albert. 1992. Tomado del escrito de Altamira "El renacimiento ideal en España en 1897", Revue Suisse, 1897
ALFREDO RIVERO RODRÍGUEZ
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