El denominado currículo explícito lo constituyen aquellas experiencias que han sido programadas, previstas por los profesores y que se llevan a cabo con clara conciencia de los fines que pretenden.
Las experiencias que constituyen el currículo oculto son las que no han sido previstas ni programadas, pues se producen de manera inadvertida por el profesor, que no toma conciencia de los fines educativos de esas experiencias. Se producen en mayor grado relacionadas con las actitudes, valores y normas. La tarea del profesor será aflorar este currículo oculto para poder reflexionar sobre las consecuencias que, para el logro de los fines educativos, tienen estas experiencias.
Un tercer tipo es el denominado currículo ausente, constituido por aquellos objetivos, contenidos y experiencias de aprendizaje que son excluidos conscientemente del currículo que se imparte en el centro, basándose en razones subjetivas o en prejuicios.
En el área de la salud, el currículo oculto incluye el conjunto correlacionado de estímulos que surgen de los conocimientos previos que posee toda la comunidad educativa, pero sobre todo incluye en conjunto de creencias, modelos, valores, y actitudes ante el tema de la salud, que literalmente respira el niño/a durante las largas horas que pasa en la escuela. Conversaciones en las que participa, actitudes grupales que vivencia, aceptaciones y rechazo de lo que para la salud representa el héroe o el antihéroe de su microclima escolar, los comportamientos de líderes y maestros, etc. aunque sea difícil de evaluar y sobre todo de medir, cada escuela tiene un grado distinto de clima saludable. El ser consciente de la importancia formativa de éste, fundamentalmente en el campo de los hábitos y las actitudes, nos conduce a valorar la necesidad de evaluarlo y ajustarlo tanto como sea posible el currículo formal de la escuela.
Esta educación ambiental recorre en cada escolar un proceso gradual que, según David K. Berlo[1], pasas por diferentes etapas que, traduciéndolas al tema de la salud, serían las siguientes:
1. El niño o niña muy pequeño/a desempeña los roles de las otras personas sin interpretarlos. En esta etapa es importante que encuentre abundantes elementos positivos que manipular: afecto mutuo, reconocimiento de su propio cuerpo, de su propia entidad, hábitos higiénicos, recursos de protección frente a los factores de riesgo, etc. y que los manipule, aunque desempeñe roles que aún no comprenda.
2. En una segunda etapa sigue asumiendo el rol de los demás escolares o de sus profesores. Sigue respirando el clima de su mundo escolar pero empieza a interpretarlo y comprenderlo. Ya no se va a considerar un objeto externo. Se origina en él, al imposibilidad de interpretar todos los roles a la vez, porque unos arrancan las plantas y otros las cuidan, unos usan las papeleras y otros ensucian.
3. Posteriormente cada escolar se pone en el lugar de los demás compañeros/as, desarrollando las expectativas que considera oportunas. El ambiente de su grupo, el clima más o menos sano de la escuela le van a orientar, creando en él unos hábitos. Comienza a colocarse simbólicamente en el lugar de otros, aunque él no lo realice físicamente.
4. Según las experiencias que haya tenido, empieza a tener un concepto general de las conductas más o menos saludables, ya que todas juntas no las puede imitar. Asume, rechaza y adopta un rol, ya abstracto, que es “la síntesis de lo aprendido por un individuo referente a lo que es general o común en los roles individuales de las demás personas del grupo”. Del ambiente escolar extrae como debe comportarse en cada situación determinada.
Esto nos lleva a remarcar la importancia que para la formación saludable tiene la existencia, en el entorno escolar, de suficientes personas, alumnos, profesores e incluso personal no docente, que sean “modelos atractivos de salud”.
Desde mi punto de vista, para conseguir un ambiente escolar saludable, no basta con la espontaneidad y las buenas intenciones de los miembros de la comunidad educativa. Es necesario además que en todos los niveles de la estructura escolar (Asambleas de Clase, Claustro, Consejo Escolar…) se tome conciencia de los elementos positivos y negativos que en él subyacen, y se busque entre todos estrategias para favorecerlos o modificarlos. No cabe duda, aunque se olvide, que las opiniones sobre los riesgos del alcohol o el tabaco, que respira en un recreo, o el contrate de opiniones sobre la conducción, que oye durante el transporte escolar está conformando creencias y comportamientos de esos alumnos.
Bibliografía:
- Costa, M. y López, E. (1996): Educación para la Salud. Madrid: Pirámide.
- Coll, C. (1989): Psicología y currículum. Madrid: Laia.
[1] Berlo, D.K. (1982): El proceso de comunicación. Introducción a la teoría y la práctica. Ateneo: Buenos Aires, p. 96-98.
F.D.O: María del Carmen Portillo González
DNI: 33.976.793 – C
Psicología y Pedagogía



