La Ilustración fue un movimiento cultural del siglo XVIII, cuna del Liberalismo cuyas doctrinas políticas sientan las bases de las democracias occidentales.
La interpretación de la Ilustración la voy a relacionar con el feminismo. El feminismo es, en principio, una conquista ilustrada. El concepto feminismo está tomado aquí en sus dos sentido fundamentales: primero como “teoría feminista” que supone una revisión crítica de las construcciones teóricas que hablan sobre la mujer; y segundo, como movimiento organizado de mujeres dispuestas a cambiar su particular situación de opresión.
Como fenómeno ilustrado, el feminismo hace sus primeras reivindicaciones teóricas en nombre de la universalidad de la razón: la obra de Mary Wollstonecraft: “Reivindicación de los derechos de la mujer” publicada en 1792, se esfuerz en atacar los prejuicios sociales de la época, que hurtaban a la mujer los derechos humanos proclamados por la instauración del nuevo orden bugués. Así, podríamos decir que los primeros grupos de mujeres que se organizan en cuanto tales, de cara a una acción concreta liberadora, se producen bajo las banderas de la Revolución Francesa.
Si la Ilustración aboga por la razón para ahuyentar los fantasmas del mito, el feminismo, en sus raíces ilustradas, apela a esta misma razón para ahuyentar los fantasmas biologistas y funcionalistas que se cernían sobre la mujer, confinándola a un destino único de esposa, madre y complemento del hombre. Pero la Ilustración no cumple sus promesas; La mujer queda fuera de ella como aquél sector que las Luces no quieren iluminar. Esta sujeción de la mujer se lleva a cabo, en primer lugar, imponiéndole unas delimitaciones, un campo de acción en ambos sentidos, práctico y simbólico, donde presuntamente su ser y su actividad deben desarrollarse. Así todo feminismo es en su raíz ilustrado. La ilustración es el marco ineludible tanto para explicar el fenómeno histórico del Movimiento Feminista como para plantear adecuadamente sus reivindicaciones. El feminismo asumiendo su carácter ilustrado, tiene que trascender la dicotomía público/privado básica del pensamiento político ilustrado, en la medida en que esta dicotomía es el resultado de una estructura patriarcal que se expresa, precisamente, en este poder de asignar un sitio a la mujer.
La valoración liberal de lo privado apunta hacia la defensa de la propiedad privada y hacia la afirmación redefinida como propietario, es el auténtico sujeto de la vida pública. Pero la mujer aun en el caso de que posea propiedad, ésta no le confiere una extensión de su propio yo hacia la esfera de lo público.
La mujer, desde una concepción liberal, está, por definición, fuera del mercado, sin embargo, sigue siendo definida como esposa y madre, es decir, como perteneciente a la esfera de lo privado-doméstico. La mujer-madre, trabajadora, sería así dentro del discurso liberal, pues, al ser madre, se supone dedicando su ocio a su única función la doméstica; pero el que sea trabajadora significa que se asoma a la esfera de lo público, al mercado;
La igualdad de oportunidades que predica el Liberalismo, en cuanto a la mujer se refiere, se traduce en abrirle las puertas de lo público, mostrándole la entrada al mercado de trabajo y la consiguiente autonomía que ello supone. Pero una vez señalada la puerta, se les da el portazo porque para salir fuera a trabajar es impensable la organización actual de una sociedad en la que hasta la casa esta estructurada para un ama de casa de jornada completa.
Numerosas teorías feministas americanas se han esforzado en demostrar que la dicotomía público/privado, lejos de corresponder a la realidad de la mujer que trabaja, es una construcción ideológica.
La crítica a la dicotomía de las dos esferas es considerada por amplios sectores del pensamiento feminista americano como un punto clave en la Teoría feminista. Al hilo de esta crítica han podido emerger elementos suficientes de explicación para el tema de la dinámica de los géneros. Desde la dinámica de los géneros iluminada por esta crítica, puede ponerse de manifiesto una capacidad que tiene para asignar los espacios de lo femenino. Esta clave de lectura del patriarcado como aquel poder de asignar sitios nos da un importante rendimiento explicativo que nos interesa en orden a las implicaciones prácticas del feminismo. Dentro de este marco teórico cobran sentido los debates sobre el carácter del trabajo de la mujer, que no podrá ser nunca liberador mientras se sitúe lo femenino en relación a lo privado.
La dicotomía público-privado que se defiende es en última instancia una cuestión de valoración, del establecimiento de unos códigos valorativos que hacen coincidir las actividades menos estimadas en una sociedad dada con el espacio propio de la mujer, mientras que las actividades que cuentan con la estima y la aprobación social se reservan como espacio de lo masculino y se llaman públicas. En la medida en que se establece así una jerarquía de valores para los espacios del hombre y de la mujer, existe, podríamos decir, un cierto feedback en todo el mecanismo, y el hecho de que la mujer ocupe un determinado espacio hace que se desvalorice inmediatamente esa parcela.
El principal problema estribaría aquí, no tanto en contestar a la pregunta de “para qué” o “en función de qué” son establecidas estas valoraciones, sino para quién o para quiénes son significativas. Es decir, lo importante sería el distinguir tanto el sujeto como el destinatario del discurso patriarcal. La pregunta pertinente sería: ¿Quién establece el código y quién lo entiende? ¿Quién impone el criterio valorativo? ¿Quién, en fin, es el que habla? No es la mujer, precisamente, la que siquiera en la Edad de la Razón; no es la mujer la que se ha representado a sí misma, la que se ha asignado “su sitio”. Otros han hablado por ella. Tales discursos no van dirigidos siquiera a ella, sino a través de ella y a pesar de ella.
Referencias bibliográficas:
- Manual del curso Hacia una educación no sexista.
Autor: Fátima Lozano Chico
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