Los profesores y profesoras no ven el problema del sexismo en las aulas como acuciante. Hay muchos que ni tan siquiera lo ven. En general los profesores no se sienten implicados, ni hay ninguna corriente importante de pensamiento y acción que les haga moverse en ningún corriente importe de pensamiento y acción que les haga moverse en ninguna dirección. En general, se reconoce como un problema social ajeno a la enseñanza. El profesorado está más preocupado por el relajamiento de la disciplina, por ejemplo.
En muchas ocasiones el profesorado, al tratar el sexismo y las diferencias percibidas en los comportamientos de los alumnos, lo achacan a la forma de ser de chicos y chicas, a maneras diferentes de enfrentarse con el aprendizaje, de discurrir o de rendir en la asimilación de conocimientos y, sobre todo, al desarrollo diferenciado de la personalidad femenina y masculina a lo largo del período escolar.
La necesidad de adjudicar un determinado rasgo de personalidad a un alumno o alumna se ajusta más a una necesidad de constatar un hecho asumido por la sociedad que a una comprobación de hipótesis formuladas a partir de la relación alumno/profesor.
A menudo, las profesoras y los profesores reproducen en las observaciones sobre sus alumnos lo que la sociedad viene atribuyendo al sexo masculino y femenino como rasgos intrínsecos de cada uno. Muchas de las afirmaciones sobre la manera de ser de los chicos o chicas, asumidas incondicionalmente como cualidades esenciales, son frecuentemente, rebatidas por comprobaciones reales. Se trata pues de una aplicación pura y dura de conceptos estereotipados a la hora de juzgar a los diferentes sexos.
Es fácil escuchar como el mayor éxito escolar de las chicas es fácilmente atribuible a cualidades como constancia, orden, perseverancia, pasividad, etc.
Igualmente en las capacidades mentales se atribuye a los chicos una mayor capacidad creativa, intuitiva, de razonamiento y de análisis.
El estereotipo de lo femenino funciona dentro del aula con tanta o más fuerza que fuera de ella y cuanto menos consciente de ello sea el profesor, más fácilmente se integra en su actuación. Se valora a las alumnas sobre la base de códigos impuestos culturalmente y que no son más que una forma superficial de juzgar el auténtico carácter de las alumnas.
La comprobación de que existen comportamientos diferenciados, prácticas en asignaturas divididas según sexo o simplemente separación entre ellos; no juegan no se sientan juntos, no comparten ninguna actividad escolar, se limita en la mayoría de los casos a una simple constatación del hecho, asumiéndolo como algo que viene ya dado por las diferencias de sexo y por las consabidas influencias sociales, familiares o culturales. Todo ello no parece preocupar a los profesores, no es su problema se engloba como un aspecto más de la sociedad en la que vivimos, se acepta en cierto modo y no se esfuerza por cambiarlo.
Así que la primera conclusión que podríamos sacar en este apartado, es que si queremos potenciar la Educación para la Igualdad de oportunidades en nuestros centros, no sería mala cosa, empezar por nuestros propios compañeros y compañeras.
Hemos de sembrar su inquietud. Debemos ayudarles a ver el problema que en realidad, tienen ante sí. El que sea consciente de que vivimos inmersos en una sociedad y en un Sistema Educativo discriminatoria y sexista debe ser nuestro primer objetivo en eras a su implicación en un proyecto global que acoja a toda la comunidad educativa. El reto es difícil y complejo pero el fin bien merece el esfuerzo.
Referencias bibliográficas:
- Manual del curso Hacia una educación no sexista.
Autor: Fátima Lozano Chico
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