Nuestra sociedad convierte la diferencia sexual femenina en una fuente de desigualdades, de discriminaciones y de subordinación de las mujeres, en lugar de considerar que es una riqueza human. Los significados que tradicionalmente se han dado a lo masculino y a lo femenino han hecho que muchos hombres hayan visto en la violencia el modo de hacerse valer y de imponer sus criterios, y también que muchas mujeres hayan sido victima de este tipo de acciones que limitan su libertad porque se les ha enseñado que su opinión o experiencia no tienen valor. Afortunadamente unido a esto, conviven otras formas de entender lo masculino y lo femenino, formas de estar en el mundo libre, para unas y para otros, y que hacen impensable e insensata la violencia en general, y por tango la violencia sexuada que se ejerce contra las mujeres.
¿Qué entendemos por violencia?
Un gesto, un golpe, un insulto, hacer oídos sordos, menospreciar, amenazar, ridiculizar, marginar,… en una palabra: excluir. Todo esto son manifestaciones de la violencia que afectan a cada mujer y a cada hombre: a su cuerpo. A su forma de entender el mundo, a su sexualidad, a la visión que tienen de sí, a su dignidad…
Pero, qué es lo que hay detrás de estas manifestaciones, que significan, por qué producen tanta inquietud. Detrás de estos ejemplos se encuentran niñas y niños, jóvenes, hombres y mujeres que protagonizan diversas situaciones de conflictos y que muestran una actitud diferente para resolverlos.
Cada conflicto muestra que existen diferentes posturas, formas distintas de ver la realidad y diversidad de valores. Quien ejerce violencia ve en el otro o en la otra a alguien que, con sus diferencias, es inquietante, es un estorbo, es inferior o se percibe como una amenaza. Por eso, actúa para negar, encasillar y callar lo diferente, para imponer su forma de pensar y ver el mundo. Y con ello, dominar, hacerse valer en una jerarquía en la que quien más vale es quien más poder ostenta. Cree que de ese modo resuelve el conflicto y que con ello logra mantener las cosas aparentemente en “orden”.
Pero atajar los conflictos anulando las diferencias, encasillándolas, utilizando la fuerza, ejerciendo sobre ellas violencia es, en realidad, negarlos pero no resolverlos, es también estancarlos y no dar posibilidad a la relación y a la comunicación.
Muchas veces, detrás de esta visión rígida y pobre de la realidad, encontramos que quien está haciendo uso de la violencia es alguien que no sabe manejar sus frustraciones y que cree que el poder que se impone con violencia es la única forma de actuar.
De todos modos, interpretar las diferencias de forma jerárquica y relacionarse con ella desde la violencia proviene de un aprendizaje sobre una forma de estar en sociedad, por esto mismo es algo que se puede revisar y volver a aprender de otra manera.
Ejercer violencia es imponer pensamientos o valores con la fuerza, es hacerse valer con el miedo, es no entrar a dialogar, es excluir e infravalorar todo lo que pone en cuestión el poder de quien la pone en marcha y la utiliza.
Históricamente y en la actualidad, es fácil observar cómo entre las mujeres ha primado más la mediación de la palabra y de la relación que el uso de la fuerza; al mismo tiempo, si prestamos atención a las diferentes situaciones de violencia que se producen cada día a nuestro alrededor y en el mundo, vemos que, en la gran mayoría de los caso, son hombres, jóvenes y niños quienes la ejercen. Vemos también que, con gran frecuencia, esa violencia actúa contra mujeres, jóvenes y niñas.
Esto no es un hecho casual ni una simple anécdota, es producto de una larga tradición en la que lo que se valora en los hombres está unido a la fuerza y a la capacidad de dominar el mundo y en particular, a las mujeres y, donde también se considera que el papel de las mujeres es el de cuidar y mantener las bases en las que se asienta ese mundo de corte masculino. Esta tradición, aún hoy con cierta frecuencia, se trasmite a niños y a niñas a través de los diversos ámbitos educativos.
Por lo tanto, con estas actuaciones, algunos hombres pretenden reafirmar un orden social que entiende la relación de los sexos de un modo jerárquico, de forma que considera el sexo masculino superior y más significativo que el femenino y, por tanto, trata de excluir y someter la palabra y el cuerpo de las mujeres a través de la fuerza y la violencia.
Podemos hablar, en este sentido, de una violencia sexuada, de sexo masculino, que mantiene esta jerarquía, hace invisible la violencia y las aportaciones de las mujeres y les niega la posibilidad e que sean y vivan libres en cualquier lugar, es decir, en todas partes. Una violencia que cada día es más visible y que también al mismo tiempo, cada vez se acepta menos socialmente. Su forma extrema se muestra en las cifras que señalan que en España, en 1997, han muerto 91 mujerea a manos de sus maridos y compañeros y también que, por cada millón de mujeres españolas, 86 denuncian el haber sido agredida sexualmente.
Esto no significa que todos los hombres promueven y ejerzan violencia y estén satisfechos con un orden de cosas que subordina a las mujeres, ni que todas ellas estén en su conjunto sometidas a esta forma de proceder. De hecho, coexisten diversas formas de relación y de ser hombre y mujer en nuestra sociedad que no están fundadas en la violencia.
Referencias bibliográficas:
- Manual del curso Hacia una educación no sexista.
Autor: Fátima Lozano Chico
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