También es cierto que muchos padres reconocen haber utilizado estas medidas tras haber intentado razonar con sus hijos sin éxito posible, y que han ejercido el castigo físico como una forma de desahogo más que con un fin pedagógico.
Algunos rectificarían si pudiesen, pero en ocasiones declaran que es imposible no dejarse llevar por los nervios.
Es obvio que la violencia no genera más que violencia, sólo empeora las cosas, crea un sentimiento de culpabilidad y de inseguridad, acrecienta el miedo en el niño y empeora las relaciones, acumulando rabia y rencor hacia sus padres o educadores.
Los niños hacen cosas que los adultos podemos considerar incorrectas, pero la mayoría de las veces no averiguamos el por qué las hacen, no intentamos averiguar cuál es su causa, sólo nos limitamos a reprimirlas.
Antes de castigar a un niño debemos hacerle reflexionar para que entienda cuales son las consecuencias de sus actitudes, si el niño en el momento de rabia no acepta diálogo alguno, es mejor que le obliguemos a permanecer en su cuarto, para que piense que es lo que ha hecho mal, y cuando esté dispuesto a pedir perdón, podrá salir, pero debe saber que su mal comportamiento se merece un castigo, que será determinado por sus padres o por sus tutores.
La finalidad de un castigo no es generar dolor y miedo, sino un cambio de actitud, para que reflexionen sobre lo incorrecto de su conducta, de esta forma conseguiremos que no vuelvan a cometer la misma falta.
En el caso de que incidan en el mismo comportamiento, el niño sabrá las consecuencias de ante mano, de esta forma será consciente de cuando su actitud es negativa.
Del mismo modo que enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus comportamientos negativos, también debemos reforzar las actitudes positivas, diciéndoselo y animándolo para que sepa que sus padres se sienten orgullosos de él.
Miriam Santiago Morales
Profesora de Filología Inglesa



