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EL CONSUMO DE TABACO ENTRE LOS ESCOLARES Y LOS JÓVENES

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Los Estudios sobre consumo de tabaco con adolescentes y jóvenes confirman que en edades muy tempranas, 11 años o antes, ya muchos niños y niñas han probado esta droga. En 1986, un estudio de ámbito estatal mostraba que en 6º de E.G.B., el 38% de niños y el 27% de niñas ya habían probado el tabaco, cifras que casi se doblan al llegar a 8º: un 58% de niños y un 50% de niñas.

En 1990, otro estudio de características similares revela que la mitad de chicos de 14 años han probado el tabaco al menos una vez, o que, a los 12 años, dos de cada diez escolares ya han sido ocasionalmente fumadores.

Otra investigación realizada en 1989 pone de manifiesto que casi un 18% de alumnos de 6º de E.G.B. y un 30% de alumnos de 8º ya han consumido tabaco alguna vez. Por lo que respecta a los estudiantes de BUP, FP y COU consultados, un 19% dice fumar todos los días, si bien, según aumenta la edad, el número de consumidores también es mayor. Así, mientras entre los jóvenes de 14 años un 4% fuman a diario, a los 15 fuman un 10%, a los 16 y 17 el porcentaje sube casi al 17% y se dispara a partir de los 18, 19 y 20 años (30.5%, 40% y 48% respectivamente).

En términos generales, estos estudios confirman que los escolares se inician en el consumo de tabaco mucho antes de cumplir los 14 años y que, si bien desde los 11 a los 13 años, hay más chicos que chicas que fuman, a partir de los 14, muchas más chicas comienzan a fumar y hacen que se igualen los porcentajes de consumo. Entre los 16 y 18 años, sean chicos o chicas, el consumo de tabaco aumenta espectacularmente. A la edad de veinte años, casi la mitad de los andaluces fuman todos los días.

A la vista de estos datos, en 1991 el programa “Tabaco o Salud” se fijó como objetivo llevar a cabo una estrategia de actuación específica para adolescentes y jóvenes. Para ello se realiza un estudio que trata de conocer los argumentos de los adolescentes y jóvenes que no fuman, sus referencias y valores respecto al tabaco, a fin de proyectarlo al resto de la población adolescente no fumadora. De esta investigación, realizada con una metodología cualitativa, cabe destacar lo siguiente:

Ø     Los no fumadores se minusvaloran respecto a los fumadores, por no haber accedido a un consumo que perciben como masivo.

Ø     Se sienten culpables por no sentir el placer de fumar (y también por no sentir el placer de no fumar).

Ø     Se sienten inseguros por no tener argumentos parar racionalizar su postura de no fumadores.

Frente a esto, cabría:

Ø     Reforzar el grupo de los no fumadores (hoy por hoy, los no fumadores no tienen sentido de grupo, ni son conscientes de que la mayoría de la sociedad no fuma).

Ø     Afianzar las razones que el adolescente manifiesta contra el consumo de tabaco (es decir, aprenden a decir “no” con argumentos –en este caso, la negativa no se puede apoyar con razones que perjudiquen la imagen que el adolescente tiene de sí mismo, o que desea mantener hacia los demás).

Ø     Proponer valores o modelos sociales que sirvan de reflejo en la actitud de los no fumadores, y que presente lo positivo de no fumar..

 

En definitiva, una vía eficaz para influir en el consumo de tabaco es presentar de forma razonada los problemas del tabaco y las ventajas de no fumar, ahora bien, sin perder de vista que cualquier acción disuasoria ha de considerar el carácter cultural del consumo, y por tanto, no dirigir la crítica a las personas fumadoras.

 

Fuente: La prevención del tabaquismo desde los centros docentes. Junta de Andalucía, 1993.