A menudo, podemos observar tanto en los demás como en nosotros mismos, que existen emociones asociadas a determinados actos. Estas asociaciones, pueden no interferir en nuestra vida cotidiana, por lo que acabamos conviviendo con ellas como si nada.
En otros muchos casos, estas emociones asociadas a determinadas circunstancias, sí que causan un daño severo en nuestra salud, además del interferir en nuestras actividades diarias. Puedo poner el ejemplo de alguien que aprende a asociar la obtención de placer al consumo de drogas, a una ingesta masiva de alcohol o a conductas violentas... Igualmente, si por azar o necesidad, nos vemos obligados a trabajar en una oficina situada en la planta 13, puede que tengamos que reconsiderar nuestra tradicional fobia a los ascensores. Algunos miedos pueden ser muy disruptivos para un estudiante, como por ejemplo, a los exámenes, a las reuniones sociales o a acercarnos a extraños…
En estas situaciones se precisa desaprender lo aprendido. Con bastante frecuencia, la persona afectada no es capaz de controlar y modificar sus emociones por sí misma, ya son situaciones que le superan en alguna medida, por lo que requiere una ayuda externa en forma de tratamiento o de intervención. Muchos expertos opinan que, aunque es fácil aprender y asociar emociones en diversas situaciones, resulta más complicado modificarlas, ya que entre otras posibles dificultades, se encuentra el hecho de que no siempre es posible identificar con facilidad la asociación de hechos que ha desencadenado esa emoción.
La modificación de conductas emocionales se basa en “desmontar” la asociación entre un suceso y sus consecuencias (por ejemplo, entrar sólo a un ascensor y sentir una terrible angustia en cuanto se cierran las puertas) haciendo que ese suceso quede asociado a consecuencias contrarias a la realidad (un ascensor no provoca por sí sólo tales reacciones).
Existen diferentes técnicas para realizar esta modificación, principalmente de corte conductista, aunque una de las más empleadas es la desensibilización sistemática, que consiste en alcanzar estados de relajación y a ir asociando progresivamente ese estado de relajación a estímulos o sucesos cada vez más cercanos a la situación que provoca la fobia. Este tipo de tratamientos, u otros similares, suelen ser eficaces para aprender a controlar nuestras emociones.
Obviamente, en el ámbito educativo se desarrolla igualmente algún tipo de fobia (a la escuela en sí, a los exámenes, etc.), pero sería idóneo que la intervención no tuviera que ir en este sentido, en desaprender las emociones, sino que desde los centros, sería conveniente crear situaciones proactivas y preventivas que eviten el desarrollo de estas emociones negativas, que tanto perjudican a los estudiantes.
Bibliografía:
- Caballo, V. (1991): Manual de técnicas de terapia y modificación de conducta. Madrid: Siglo XXI.
- Rodrigo, M.J. (1990): “El desarrollo emocional”. En García-Madruga, J.A. y Lacasa, P.: Psicología evolutiva, Vol. I. Madrid: UNED.
F.D.O: María del Carmen Portillo González
DNI: 33.976.793 – C
Psicología y Pedagogía



