Una de las dimensiones de educar para la paz es educar contra la guerra. Desde la guerra de Troya, narrada por Homero, hasta la televisión que nos muestra día a día los conflictos bélicos del mundo, vemos como las relaciones humanas se nos cuentan y han contado a menudo a través del relato de las guerras. Así crecemos intuyendo que lo natural es la guerra, y que la paz es una excepción. Partimos de la idea de que domina la cultura de la violencia, pero frente a esta cultura surge la necesidad de sentar las bases de una cultura de la paz, debemos de empezar a sentar en nuestros alumnos que son los ciudadanos de mañana, bases para una cultura de la paz.
Los términos Guerra y Paz son mucho más que dos simples conceptos. Normalmente a la gente les cuesta más entender el segundo que el primero, dándose el caso que los niños y niñas pequeños aprenden mucho antes el significado de la guerra que el de la paz. Esto es así porque vivimos en un mundo dominado por la cultura de la violencia, en el que todo conflicto es identificado como un enfrentamiento entre partes que tienen distintos intereses o valores irreconciliables que ha de ser resuelto mediante la opción ganar/perder. Frente a ésta, existe otra cultura, la de la paz.
Desde ésta, se define el conflicto como una confrontación (no como un enfrentamiento) entre diversas partes que tienen intereses y valores que son percibidos como diferentes, lo cual no significa que sean irreconciliables. Es en las percepciones dónde radica buena parte de las causas de los conflictos violentos, ya sea con carácter inferior (conflictos o disputas entre personas y o grupos), o con una dimensión global (guerras y conflictos armados).Por otra parte no debemos confundir conflicto con guerra, ya que mientras que las guerras derivan de uno o varios conflictos, no todos los conflictos tienen que acabar en guerras. Los conflictos son una situación de desacuerdo, oposición o diversidad de intereses, lo cual no quiere decir que sea negativo en sí mismo. Otra cosa es que la única opción que utilicemos a modo de resolución sea la violencia, no sólo entendida como causante de daños físicos (agresión) sino también entendida como solución que obliga al sacrificio no deseado de una de las partes, germen de una consecuente insatisfacción.
A pesar de lo que se pueda creer con respecto a la evolución progresiva del ser humano hacia un sistema de relaciones más pacífico, las guerras más letales de la historia de la humanidad son las guerras del siglo XX, un siglo en el que el concepto de guerra ha cambiado significativamente con respecto a los anteriores. Hoy día la guerra no consiste únicamente en el enfrentamiento bélico entre dos o más estados por cuestión de territorios. Bajo excusas como “seguridad interna” e “intervenciones humanitarias” los Estados o bloques dominantes intervienen militarmente mucho más allá de sus fronteras en función de intereses neoeconómicos y políticos. Tras las dos guerras mundiales del siglo XX, el Tercer mundo se convirtió en el campo de batalla donde el bloque del este y el oeste midieron sus fuerzas creando guerras que aún no han finalizado hoy día. Por otra parte el número de victimas civiles en estas guerras es cada vez mayor como también lo es el número de objetivos considerados como militares (escuelas, hospitales, carreteras) que impiden el desarrollo de la gente una vez terminada la fase bélica del conflicto. A esto se suman los genocidios cometidos durante el siglo XX, muchos de ellos aún impunes, por ejemplo el lanzamiento de bombas atómicas sobre Japón al fin al de la II Guerra Mundial y muchos otros todavía en curso. Actualmente hay más de treinta guerras abiertas en el planeta, aparte de los numerosos conflictos conocidos como guerras de baja intensidad. Sin embargo la opinión pública occidental apenas podría citar un par de ellos. Estamos acostumbrados a considerar de segundo orden aquellas guerras en las que no intervienen las potencias del norte enriquecido. Lo mismo sucede con la historia: desconocemos el gran número de genocidios practicados durante el Siglo XX, a excepción del holocausto judío a manos de los nazis. A pesar de que también es, no incluimos en esta categoría la pandemia de sida en África y Asia. Fenómenos violentos, como el terrorismo, son nuevamente definidos hoy día en función de los intereses de estados que también a menudo lo practican sin que sea considerado como tal. En definitiva, se trata del mundo olvidado, el que no cuenta en la toma de decisiones a escala internacional.
Para alcanzar una cultura de paz es preciso ir sustituyendo progresivamente las estructuras violentas por estructuras de paz. Este proceso, conocido como transarme, no sólo es susceptible de ser llevado a cabo a escala internacional, sino también a escala local. De hecho, iniciamos un proceso de transarme cuando trabajamos en grupos donde los conflictos se resuelven de una manera no violenta, cuando se adopta una toma de decisiones colectiva, cuando se toma en cuenta la participación popular, cuando practicamos la tolerancia y la solidaridad y cuando, en definitiva, desarrollamos los preceptos de Educación para la paz.
Bibliografía:
Dan Smith, Atlas de la Guerra y la Paz, Ed: Akal, Madrid, 2003



