Lo cierto es que la universalización ha garantizado una respuesta educativa para las nuevas generaciones, pero no ha podido garantizar que esa respuesta sea la que estas generaciones puedan necesitar. Es aquí, en este contexto, cuando surge la necesidad de incorporar la orientación y la acción tutorial a los procesos educativos. Esta incorporación se ha realizado de formas distintas atendiendo a las características propias de los distintos sistemas educativos. Sin embargo, nuestro interés no está ahora en mostrar esas diferencias sino en extraer algunas consecuencias del nuevo reto que se plantea a todos los educadores y a todas las educadoras.
Uno de los cambios sustanciales en las condiciones de escolarización es la integración plena en los procesos educativos de la orientación, en cualquiera de sus formas. La orientación entendida como la vía a través de la cual el sistema educativo produce el ajuste entre sus condiciones y las necesidades educativas de los sujetos, aporta a la educación una nueva dimensión.
La complejidad de los centros educativos y las múltiples dimensiones que ha ido adquiriendo la función educativa han complicado hasta tal punto el ejercicio de esa función que ha sido necesario ir estableciendo algunas distinciones que nos permitan comprender mejor las acciones y mejorar su eficacia. Esto es lo que ha ocurrido con algunas actividades que nacieron asociadas a la función docente pero que progresivamente se han ido desgajando de ella: la orientación, la acción tutorial y la atención psicopedagógica. Todas estas acciones ponen de manifiesto que no es lo mismo educar que enseñar, ya que justo en la frontera de estos conceptos, siempre entre uno y otro, se mueve todo este nuevo complejo de acciones.
Un ejemplo puede ilustrar lo anterior y, de esta forma, ayudar a entenderlo. Existe una realidad constatada en muchos centros educativos, sobre todo en los niveles de secundaria: algunos fracasos importantes surgen como consecuencia de la mala socialización del alumno o de la alumna dentro del centro.
La falta de socialización institucional significa que los alumnos o las alumnas no han terminado por comprender ni asumir los valores, ideas y normas que caracterizan al centro como institución social, y esa inadaptación interfiere continuamente con su proceso de enseñanza. Para superar esta situación, se hace necesario una acción educativa que no es, estrictamente hablando, una acción de enseñanza: se hace necesario una orientación y una autorización que facilite la integración del alumnado en el grupo centro y en el grupo aula.
Fuente: Wang, M.C. (1995): Atención a la diversidad del alumno. Madrid. Narcea.
F.D.O: María del Carmen Portillo González
DNI: 33.976.793 – C
Psicología y Pedagogía



