· La afirmación de poder designa aquellas prácticas en la que los padres tratan de controlar la conducta de sus hijos a través del uso de la fuerza o del control sobre los recursos y privilegios de éstos: tortas, gritos, quitar la paga, no dejar salir de casa, no dejar ver a tele... y, en general, todo tipo de castigos y amenazas de castigo.
· La retirada de amor hace referencia a las prácticas parentales que tratan de controlar la conducta de los hijos a través de la retirada del afecto: dejar de hablar, decir “no te quiero ni ver”, “vete de mi vista”, “no quiero saber nada de ti”, etc.
· La inducción incluye aquellas prácticas que básicamente tratan de hacer ver al hijo las consecuencias dolorosas de su conducta en otras personas, bien en los compañeros (inducción referida a los pares), bien en los propios padres (inducción referida a los padres): “¿te das cuenta de lo que has hecho?, le has dejado llorando”, “¿cómo te sentirías tú si te hubieran hecho eso a ti?”, etc.
Diversas revisiones de los numerosos estudios que han analizado el influjo de estas técnicas disciplinarias coinciden en que tanto las prácticas de afirmación de poder como las de retirada de amor muestran correlaciones negativas con diversos índices –cognitivos, emocionales y conductuales- de madurez moral, mientras que la inducción se revela como un factor claramente favorecedor de la misma (Hoffman, 1994). Como puede apreciarse, esta conclusión es plenamente congruente con el papel que Hoffman asigna a la empatía como elemento motivacional y como fuente y base de diversos afectos y principios morales (Hoffman, 1987-1992).
Por lo que se refiere a la investigación sobre métodos educativos alternativos al castigo, los estudios realizados al castigo, los estudios realizados por los teóricos del aprendizaje social y del procesamiento de la información sugieren, como especialmente promotores, dos: las estrategias de autoinstrucciones y el infundir un autoconcepto moral. La eficacia de la estrategia cognitiva de las autoinstrucciones ha sido probada en diversos estudios. En un estudio realizado por Mischel y Patterson (1976), se ponía a un grupo de preescolares a realizar una tarea muy aburrida en presencia de una “caja-payaso” parlante que cada poco les tentaba a dejar la tarea. La mitad de ellos habían sido instruidos para decirse a si mismos que no mirarían al payaso cuando éste les dijera que le mirara, y la otra mitad no. Se comprobó que los niños del primer grupo fueron capaces de resistir la tentación, y seguir trabajando, en mayor medida que los del segundo. También se ha demostrado la importancia de promover en el niño un autoconcepto moral, un concepto de si mismo como persona honrada, buena, en la que se puede confiar, con fuerza de carácter. Cuando el niño tiene esta imagen de sí mismo, va a tratar de conservarla, va a tratar de estar a la altura de la misma, y va a experimentar sentimientos de culpa y desagrado cuando, en sus acciones, contradiga dicha imagen. En un estudio de Perry y colaboradores (1980), se encontró que los niños de 9 y 10 años a los que se les había convencido de que eran especialmente buenos siguiendo determinadas instrucciones y respetando las reglas, se comportaron de forma muy diferente a los niños del grupo control cuando a todos ellos se les tentó con un programa de televisión muy atractivo mientras realizaba una tarea muy aburrida. Además, los niños a los que se les había inducido a hacer atribuciones positivas de si mismos, cuando caían en la tentación, tendían a penalizarse por sus propias transgresiones, devolviendo muchos de los vales obtenidos en recompensa por el trabajo realizado en mayor medida que los del grupo control.
Bibliografía: López, F.; Etxebarría, I.; Fuentes, MJ; Ortiz, MJ (coord.): Desarrollo afectivo y social. Ed. Pirámide, 2000
F.D.O: María del Carmen Portillo González
DNI: 33.976.793 – C
Psicología y Pedagogía



