En la práctica docente actual, es frecuente escuchar lamentaciones de la poca motivación que tienen los alumnos y del aumento de los comportamientos agresivos y violentos en las aulas. Este tipo de situaciones solemos atribuirlas a la realidad cambiante de la sociedad, a la crisis de valores, al sistema familiar, a la influencia de los medios de comunicación, etc. También somos conscientes de que gran parte del fracaso escolar de los alumnos no sólo es atribuible a una falta de capacidad intelectual, sino a dificultades relacionadas con experiencias emocionalmente negativas que se expresan en comportamientos problemáticos, conflictos interpersonales, etc.
La teoría de las inteligencias múltiples de Gardner (1993) describe la capacidad cognitiva de las personas como un conjunto de habilidades, talentos o capacidades mentales, a los que denomina inteligencias, que pueden activarse en un marco cultural concreto. Estas inteligencias son: musical, cinética-corporal, lógico-matemática, lingüística, espacial, interpersonal, intrapersonal y naturalista. Esta teoría ha generado un gran interés en el campo educativo, pues se rechaza la enseñanza uniforme (estudiar lo mismo) y apuesta por otra centrada en el individuo, ya que cada persona ensambla su inteligencia de manera distinta. Es importante destacar que la teoría de las inteligencias múltiples ha sido popularizada por Daniel Goleman (Inteligencia Emocional).
A partir de estas teorías, el Informe de la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el siglo XXI, más conocido como el Informe Delors (1996), definió la educación emocional como un complemento indispensable en el desarrollo cognitivo, estableciendo 4 pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a convivir y aprender a ser.
La educación emocional tiene que ver con la intervención directa de los padres en su intento de enseñar al niño las reglas de expresión y los modos de regulación emocional. En los últimos años se ha abierto una interesante línea de investigación sobre las diferentes reacciones y tácticas de los padres ante las emociones de sus hijos (especialmente, las negativas) y su influencia en el desarrollo infantil.
A la hora de establecer categorías en las prácticas de educación emocional destacan dos dimensiones: la aceptación/evitación de las emociones infantiles por parte de los padres y el grado en que ofrecen soporte para afrontar el problema y la emoción. Los padres que aceptan las emociones de sus hijos, les ayudan a hablar sobre ellas, les ofrecen apoyo afectivo, y les ayudan a explorar estrategias para afrontar el problema o la emoción, contribuyen decididamente a la competencia emocional de sus hijos. Entre las estrategias parentales negativas se incluyen minimizar y castigar la expresión emocional, que implica diferentes niveles de evitación y la aceptación pasiva de la expresión emocional del niño.
Desde mi punto de vista, el hecho de que los padres valoren todas las emociones de sus hijos, tanto las positivas como las negativas, y sean capaces de darles una respuesta emocional ajustada sus necesidades, se convierte en una excelente oportunidad para que los padres controlen sus propios sentimientos y no piensen que la cólera del niño es un reto a su autoridad o que el miedo y la tristeza evidencian su incompetencia parental.
Bibliografía:
- López, F. (1997): La empatía y la inteligencia socioemocional. Ponencia presentada en los cursos de Verano de San Sebastián.
- Gardner, H. (1995): Inteligencias múltiples. La teoría práctica. Editorial Paidós.
F.D.O: María del Carmen Portillo González
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Psicología y Pedagogía



